Entré al bar, me senté contra la barra y pedí un gin tonic mientras miraba el panorama. A mi izquierda un par de tipos conversaban en voz baja. A mi derecha había un viejo, de esos con aspecto de plantarse cuatro horas en la misma posición a tomar, como en las películas yanquis, hablando con el barman. Este fumaba, sólo y en silencio, y cada tanto miraba hacia los costados.
Como yo prefería no pensar en la causa que me había traído al bar, pero el pensamiento persistía, me puse a ordenar las tarjetas personales que venía juntando en la billetera. Alvaro Gutiérrez, contador. Marcelo Morales, Business Analyst de Price Waterhouse Coopers; Mariana Sardi, psicóloga UBA; Lucas Amato, electricista. Todos al tacho de basura. La tarjeta siguiente me extrañó, no me acordaba de dónde la había sacado: Ramiro Huellas, director de prensa de Asociación Civil Caminos. Ni siquiera me sonaba el nombre de la oenegé.
–¿Problemas? –sentí de golpe la voz que me preguntaba.
Lo miré. El viejo de al lado me estaba observando, esperaba mi respuesta. La pregunta me desconcertó.
–¿Tengo cara de problemas?
El tipo –entrecano, sesenta y largos, tal vez más– no cambió su gesto, indefinido.
–Lo veo con cara de preocupado, muchacho.
Me quedé mirándolo.
–Le agradezco pero estoy bien. Vine a distraerme un poco, nomás.
–Está bien, está muy bien –respondió. Parecía no creerme mucho. Pero no me importaba, así que le dediqué una sonrisa amable y volví a las tarjetas.
Mi gin tonic llegó. Era un vaso de buen tamaño; el trago, helado, bien preparado.
–Disculpe que le insista –sentí de nuevo su voz y dejé el vaso sobre la barra muy despacio antes de mirarlo otra vez mientras me hablaba–, pero yo soy una persona muy intuitiva. Y estoy seguro de que a usted le pasa algo.
Hice silencio y pensé bien lo que iba a contestar.
–Digame, amigo…
–Braulio es mi nombre –respondió con una sonrisa, y me extendió la mano.
Le di la diestra.
–Bueno. Dígame, Braulio. ¿Consideró la posibilidad de que yo no tenga ganas de contarle si me pasa algo?
Braulio retrocedió con el gesto, concesivo.
–Bueno, no, claro. No quería ser entrometido, sólo pensé que tal vez usted quería conversar. Fíjese que me lo imaginé con ganas...
–No, está bien –repuse–, no se preocupe. Pero si usted no se ofende, prefiero que no me pregunten nada personal en este momento.
–Para nada, hombre, cómo me voy a ofender. Al fin y al cabo uno viene a estos bares a que nadie lo joda.
El que calla otorga. Le sonreí de nuevo, volví la cabeza, pero ya no me pude concentrar en las tarjetas. Tomé un trago.
Otra vez se me aparecía en la cabeza. La muy puta.
–A ver, dígame –avancé ahora sobre el viejo, sólo para sacármela de encima– ¿Y a usted quién lo jode?
Se rió de golpe, una carcajada áspera, pero no violenta.
–Nadie, hijo, a mí no me jode nadie. Yo vengo acá seguido, soy habitué. Pero me gusta charlar con los que vienen, para pasar un poco el tiempo. Me gusta conocer a las personas, conocer sus historias. Eso sí, en cuanto siento que molesto, ya no insisto. No quiero que me echen del bar.
–Bueno, ya que le gusta charlar, cuénteme algo sobre los que vienen acá. Debe conocer muchas historias interesantes.
–¡Ah! Sí, eso sí –se entusiasmó–. Por acá pasa de todo tipo de gente, usted viera.
–Buenísimo, entonces, qué me puede contar.
El viejo se quedó mirándome un par de segundos, con media sonrisa en la cara, a lo mejor estudiándome. O tal vez eligiendo la historia.
–Bueno, yo le puedo contar –anunció, con su dedo índice en alto– una historia trágica. Muy reciente.
–Soy todo oídos.
Se acomodó de nuevo en el asiento, miró hacia los costados con suspicacia, y volvió hacia mí:
–El amor –afirmó con tono grave y las cejas en alto- es trágico. ¿Sabe, muchacho?
Tuve que contener la risa y poner cara de serio.
–No me diga.
–Sí, así como lo oye.
–No se lo puedo creer. Ahora dígame algo que yo no sepa.
Se afirmó en el asiento y me escudriñó con una mirada de desprecio.
–Usted no sabe escuchar. Es un muchachito muy intolerante.
–Le juro que sí sé escuchar. Pruébeme.
Se detuvo de nuevo, un par de segundos, y como si fuera indispensable para lo que venía a continuación, miró al barman y pidió otro whisky.
–Bueno, entonces le voy a contar la historia –dijo, y tomó aire–. Usted conoció alguna vez el amor, me imagino. O lo conoce.
Ahí fui yo el que respiró hondo. Directo al punto.
–Hasta donde yo imagino, sí.
–Bueno, sabe lo que es el dolor que produce el desamor, entonces.
En ese momento me pregunté si quería escuchar esa historia. Amor, tragedia... Laura apareció de nuevo, y me sentí incómodo.
–Supongo que sí –contesté–, lo sentí más de una vez.
–Le pregunto todo esto porque, si sabe lo que es el amor y el desamor, va a poder entender mejor la historia de este muchacho, uno que viene a veces acá, que se enamoró dos veces de la misma mujer, en distintos momentos de la vida. Y las dos veces fracasó.
–Suena lógico. ¿Ese joven era usted?
–No, para nada, muchachito. No me subestime, no soy tan obvio. Yo lo conocí hace poco, pero su historia me conmovió. Estaba sentado ahí mismo donde está sentado usted, y me lo contó todo, con lágrimas en los ojos. Y yo no pude hacer otra cosa que darle una palmada. El dolor puro y duro del desamor, sufrido como se debe, es una cosa muy digna, ¿sabe usted?
–No parece muy digno ahogar las penas en un bar y confesarse con ajenos.
–Bueno –me retrucó-, usted no me va a decir que vino al bar a festejar un ascenso laboral…
–Con todo respeto, usted no sabe por qué vine, o si vine por algo en particular.
Otra vez me miró reflexivo. Ya se lo estaba poniendo un poco áspero. El viejo parecía a punto de arrepentirse.
–Mire, la verdad es que yo pienso –continuó– que cada persona descarga sus penas como puede. Pero ya que me cuestiona, voy a arruinarle la sorpresa y le informo que la historia terminó bien, así que puede no sentir más pena por el muchacho.
–Bien por él, entonces. A ver, cuénteme un poco.
–Lo más correcto sería empezar por aclarar que este chico, y la chica en cuestión, se conocían desde chiquitos, pero nunca más se habían visto.
Ahí realmente presté atención, y me pregunté si no habría una cámara filmándome, y si no estaría Laura detrás de esa cámara.
–¿Cómo es eso?
–Resulta que el muchachito y la chica habían sido vecinos de la misma calle, en un barrio muy tranquilo de por allá, cuando tenían entre diez y doce años. Él estaba enamorado de ella, y ella lo rechazaba. Le regalaba golosinas y ella se las regalaba a sus amigas. Le escribía cartas que le dejaba por debajo de la puerta de su casa, tenía ojos sólo para ella. Pero ella no le prestaba atención. Al parecer, a esa edad ella era más alta y estaba empezando a desarrollarse. Y él era bajito, le resultaba inalcanzable.
Tuve que admitir en silencio que estaba interesado. Y que ya me daba bronca saber que la historia terminara bien.
–Ese constituyó el primer rechazo; según me contó, soñaba seguido con ella, pero la chica nunca, en ese momento de su preadolescencia, le prestó ni la menor atención.
–Pero después el muchachito creció –arriesgué.
–Exacto.
–Y se encontraron de nuevo muchos años después, y ella lo miró distinto.
–¡Exacto!
–Ahá. Y ahora dígame, ¿usted me toma por pelotudo?
El viejo se echó hacia atrás como si le hubieran dado un portazo en la cara.
–¿Perdón?
Le hice una inclinación de cabeza como para obligarlo a confesar.
–Estimado, no sé a qué se refiere –replicó–, pero su tono me resulta desagradable.
Dijo, y se acomodó de nuevo contra la barra, ofendido. Yo me quedé en el aire, mirando su estela, y me di cuenta de que tal vez era sólo una casualidad. También sentí, de golpe, que tenía un nudo en la garganta, y lágrimas al borde de los ojos.
–Disculpe, Braulio, tiene que ser una confusión mía. Lo que pasa es que acabo de vivir una historia exactamente igual, y lo que me dijo me pareció sugestivo.
El viejo miró desconfiado. Pero supongo que habrá notado mis ojos llorosos, mi expresión, que no sería buena, y se volvió hacia mí, deponiendo su ofensa.
–¿Y a usted no le fue tan bien?
–Y, no… -bajé la cabeza.
Él asintió.
Se hizo un silencio incómodo. Breve, pero incómodo.
–Bueno -me despabilé entonces-, ¿y cómo siguió la historia del muchacho?
–En fin, bueno, parece que llegaron a una situación complicada, porque ella se había estado viendo desde hacía un tiempo con otro muchacho, uno que también le gustaba mucho, y de golpe no sabía a cuál de los dos dejar.
–Ahá.
–El caso es que, para peor, en algún momento descubrió que se conocían entre sí, y bastante; es decir que se estaba viendo con dos personas que eran amigos, pero que no se veían hace tiempo, y sin saberlo competían por la misma mujer.
–No joda...
–Sí, como le digo. Según el muchacho, al principio ella no se lo contó a ninguno, pero un día decidió hacerlo, y le anunció a él que le parecía inapropiado que se siguieran viendo, que no se sentía bien haciendo eso. Ahí fue cuando vino al bar la noche que lo conocí, desconsolado, y no tardó un whisky en contarme todo. Que por un lado, sentía el dolor de que ella no quisiera verlo más, pero al mismo tiempo le daba bronca y culpa de que el oponente fuera su amigo.
–¿Entonces?
–Entonces dos días después él decidió que, aunque el otro contendiente fuera su amigo, él estaba enamorado, e iba a hacer lo necesario para seguir con ella.
–Toda una decisión.
–Sí, por eso, esa misma noche fue a buscarla a la casa con un ramo de flores. La chica estaba sola, haciendo sus cosas; le tocó el timbre y la hizo bajar de su departamento. Se le declaró, como decíamos en mi época, y ella, en estado de shock, después de un rato de conversar, llorando, lo rechazó de nuevo.
–No...
–Sí. Me dijo el pibe, "Braulio, no sabés, quedé con el alma por el piso". A mí se me partía el alma. Estaba enamorado ese chico.
–No es para menos. ¿Pero no me dijo que terminaba bien la historia?
–Sí, querido, por eso, dejame terminar.
–Sí, perdón, disculpe.
–La cosa es que, cuando ya estaba alejándose de su casa, después de lo que venía a ser su segundo fracaso con la chica, sintió que el celular sonaba. ¡Era ella!, ¡que quería verlo!
–¡Ha!
–Sí, sí. Así como le cuento. A partir de ahí, todo se dio vuelta, como un cubilete de generala. La conquistó. Vino corriendo al bar al día siguiente, a contarme muy excitado.
–Me imagino, parecía que lo tenía perdido.
–Y sí, ahora parece que están saliendo. No sabe la felicidad que tenía ese chico. Bueno, claro, con excepción del tema de su amigo.
–Y sí, el otro salió perdiendo como en la guerra.
–Una pena, pobre muchacho. Pero encima, parece que un par días después los dos coincidieron en una reunión de amigos, y lo vio llorar frente a todos ellos. Todo por la mujer que él mismo le había quitado.
Ahí tuve que respirar hondo. Tragué seco.
–Por supuesto -continuó el viejo-, él no dijo nada a nadie, y no quiso volver a ver a su amigo, ni a hablarle, de la culpa que le producía.
Nos quedamos en silencio. Tomé otro sorbo del gin tonic, que me hizo doler la garganta.
–Difícil… –dije.
–Sí, difícil… por eso le digo, muchacho, que a veces el amor es trágico.
–Ojalá que el otro no se haya enterado. Me da más pena aquel, que lo que debería alegrarme por su amigo, la verdad.
–Y, sí...
–Pero bueno, hay que ser buen perdedor –dije, y yo mismo no tenía claro a quién me estaba refiriendo.
Después miré al viejo y me quedé pensando, distraído, mientras el murmullo del bar disminuía. Eran las once y media. Guardé en un bolsillo las tarjetas que había dejado sobre la barra.
–¿Y la chica ésta? –pregunté, curioso–; complicada, ¿no?
–Las mujeres suelen ser complicadas.
–Pero ésta se metió en un buen lío.
–La verdad que sí. Yo creo que las mujeres tienen un instinto especial para eso.
Sonreí. El viejo me caía simpático. La chica, quien quiera que fuese, me caía mal.
–¿Cómo se llamaba?
–¿Quién?
–La chica... estábamos hablando de ella.
–¡Ah! Sí, la chica… Creo que se llamaba Laura.
Entonces me invadió un estrépito. Puta casualidad.
–¿Laura? ¿Laura se llamaba?
–Sí, sí, ahora estoy seguro, se llamaba Laura.
Respiré hondo de nuevo. Parecía a propósito.
–¿Laura cuánto?
–Ni la menor idea, amigazo.
Chistó el viejo. Casi no me di cuenta, pero tenía la mirada torcida.
–¿Y el pibe? ¿Cómo se llama?
–¿El muchacho? ¿Mi amigo? Se llama Pablo. Vive por acá cerca.
No podía ser. Era demasiada casualidad. No quise hacer la siguiente pregunta, que me salió atragantada.
–¿No será por casualidad Pablo Versalles, no? –pregunté, para descartarlo.
El viejo abrió grande los ojos.
–¡Sí! ¡Exacto! Pablo Versalles, ¿usted lo conoce?
En ese momento me dominó un mareo, un par de segundos en los que perdí la orientación, hasta que logré levantarme y enfilar hacia el baño. Me senté a horcajadas contra uno de los inodoros y vomité, pensando en mi amigo Pablo Versalles y en Laura, en lo que estarían haciendo ahora. En todo lo que había escuchado recién.
Estuve quince minutos así.
Esa noche, un rato más tarde, el viejo me pagó la cuenta, y hasta me acompañó un par de cuadras camino a casa.
Ignacio Albornoz
BASURA DUDOSA / DOUBTFUL GARBAGE
Hace 10 años
1 comentario:
Excelente!!! Me encantó Nacho!
Queremos más!
Besos
Giovi
Publicar un comentario