(pequeño ensayo santafesino)
. I
Una vez más estaba parado frente a la puerta a medio cerrar de mi casa. Como tantas otras veces, estaba ahí, parado dije, uno de esos días que nunca se sabe si son lunes o miércoles o domingo, o qué, porque es pleno enero y en enero ningún día importa, si es lunes o miércoles o domingo, y como decía, bolso en mano miré por última vez el pasillo de casa para verificar que no me olvidaba nada, y, como tantas otras veces, cumplí el tibio ritual –respiración profunda mediante- de bajar a la calle para tomarme un taxi a Retiro, bajo esa especie de solemnidad tonta, infantil casi, que me produce viajar en un micro de larga distancia.
Ese ritual, repito, tibio pero entrañable, de hacer todo con un silencio íntimo y personal. El silencio de cuando uno viaja solo. El hábito de atravesar la cuarta entrada de la terminal de Retiro con el bolso en la mano, mirando hacia un costado, y ver por debajo a los taxis circular por la calle interna. Luego entrar al edificio para toparme con aquel lío de gente que parece no mirar hacia ningún lado, peatones que aparecen y desaparecen de la escena con el ir y venir de los micros. Recorrer en silencio los bares, los kioscos, la gente, el diariero, los baños, las escaleras mecánicas, más gente y carteles electrónicos, hasta que llega a la dársena cincuenta y algo, y distingo que por el altoparlante la voz dice que mi empresa anuncia la partida de la hora ocho y quince minutos, con destino a Santa Fe, por plataforma cincuenta y siete.
Una obra de teatro que se presenta una y otra vez en el mismo escenario, un deja vu casi exquisito, con leves matices que pueden variar según el tiempo exacto que tardará el micro en llegar a destino alrededor de las supuestas cinco horas cuarenta y cinco; el sabor de un jugo en la máquina del colectivo que siempre estará pasado o aguachento, o el de un café quemado; un vecino de asiento que podrá ser más o menos molesto, o que quizás no exista. Una cadena de pequeños misterios va haciendo variar sutilmente las resonancias de una campana que suena siempre parecida, y le da forma a cada paso de mi ya añejo ritual de viajar a Santa Fe para ver a mis parientes.
. II
La siembra, el alambrado, los postes kilométricos, la ruta, autos que pasan sobre la izquierda, mi cabeza contra el vidrio. Pensando. Cada vez que veo y atravieso con la mirada esa matriz del silencio -el campo y la ruta, las arboledas tras las que se protegen los cascos de estancia-, vuelvo a pensar las mismas cosas, en especial cuando estoy viajando a Santa Fe: vieja y fea, pero querible. Cuando tenía nueve años viajé por primera vez solo a Santa Fe en micro. Era el TATA, la empresa, nombre que asociaba directamente con mis abuelos mientras me llevaba, a un chiquito de nueve, diez, doce años, a mi ciudad natal y de mi infancia primera.
Muchos años después todo cambió, y me costó mucho entender qué era lo que había visto de emocionante en viajar a una ciudad chata y aburrida como Santa Fe, habiendo perdido el interés por muchas de sus cosas, habiéndose diluido un poco la magia de mi infancia entre tantos primos que crecieron, y tíos que se achacaron un poco, o que mostraron la hilacha. Habiendo visto envejecer a mis abuelos, que ya no eran los mismos, que eran débiles, cada vez más minúsculos en un mundo enorme.
¿Era saber que me esperaban en la terminal mis tíos y mis primos como si fuera un gran evento? ¿Era el alfajor enorme que preparaba mi abuela, o el arroz con leche que me preparaba mi otra abuela, que mi imaginación se hacían presentes en la sola idea de viajar hacia allá?
Pero es que, además, había algo de mágico en ver cómo el colectivo alcanzaba la circunvalación de Rosario, desvío a la derecha y curva ascendente a la izquierda, y en sentir que ya estaba cerca de Santa Fe, como si encontrara algo de oasis en esa llegada, luego de cruzar aquel océano de campo interminable que duraba como cuatro horas, entre ciudades que para mí eran solamente carteles –San Pedro, Ramallo, San Nicolás-; había algo en contemplar casi con admiración el momento en que doblábamos por el rulo de la circunvalación, siempre tan familiar, y ver cómo el micro retomaba la autopista Rosario-Santa Fe.
En los primeros años, en cada viaje conversaba con los choferes –más de una vez el mismo-, y terminaba sentado sobre el escalón que daba a la cabina, donde compartían conmigo su mate, y hablábamos por lo general del fútbol de la Primera A, de mi equipo Unión, de las cosas que me interesaban en aquel momento. Hoy, que casi no viajo a Santa Fe si no es en auto, no conversaría con los choferes, pero me produce cierta diversión saber que lo hacía, saber que esa cosa tan sencilla y banal significaba tanto para mí.
Y es que en realidad, viajar a Santa Fe no tiene nada de especial, y menos en vacaciones. El calor te abraza como una lengua húmeda que derrite la brea del asfalto de cualquier calle. La laguna Setúbal se aquieta y parece una foto olvidada, llena de mosquitos. La siesta, himno universal de las dos de la tarde, me recordará al llegar que la ciudad sigue siendo la misma. Apenas una ciudad-pueblo administrativa. Apelmazada por el calor, económicamente estancada.
Pero hoy, ahora mismo, con mi cabeza apoyada contra el vidrio, viendo pasar los campos y los postes de electricidad, los puentes de cruce, los tonos de verde oscuro de los cultivos de soja, cruzados con los amarillos del maíz, siento como si fuera la primera vez, después de mucho tiempo.
Y me gusta.
. III
Cuando llego en el micro a la terminal de micros de Santa Fe, no me espera nadie, como es lógico. Cuando fui adolescente y llegaba de Buenos Aires a la madrugada empecé a tomar la costumbre de irme caminando solo, con el bolso a cuestas, anticipando el día, agarrando desprevenida a una ciudad que igual se despierta temprano; tocaba el timbre del portero en el edificio de calle San Jerónimo, el de mis abuelos maternos, a las seis y media de la mañana, esperando a que mi abuela se despertase y me abriera. Casi un susurro mi llegada. Por aquella época me puse de novio con una chica de allá, y viajaba fin de semana de por medio.
Más que un ritual, era un hábito.
Bajo ahora de la terminal y me tomo un taxi que me lleva a la Costanera santafesina. Dos de la tarde, un calor que raja la tierra, nadie por ningún lado. El capricho me llevó a pedirle al taxista que me mostrara la costanera, y yo ya sé cómo va a estar la costanera. La conozco de memoria, y la memoria histórica de la costanera está plagada de anécdotas que me involucran. Pero quería verla, nada más, volver a sentir el viento caliente contra la cara, quería bajar un segundo y mirar el puente colgante. Recordar ahí mismo cuando me subí, a los diecinueve o veinte años, a la cima extrema del puente colgante, a las cinco de la mañana de un día cualquiera, con Laura, mi novia de entonces, que ahora la siento como de otro planeta; y a ese puente, que lo veo ahora y parece un espectro. Con Laura nos subimos con una bolsa con tortas fritas y un mate para ver el amanecer. Hasta me acuerdo de que era jueves.
Sonrío en silencio, cómplice de mí, el taxista esperándome sin entender muy bien cuál es la novedad, y vuelvo a entrar al auto para que me lleve a la casa de los abuelos, que me esperan con el almuerzo.
Mientras dura el muy breve viaje en taxi, pienso en ellos, no en los de calle San Jerónimo, sino los de calle San Martín. Igual que hace veinte o treinta años, en el mismo departamento, diciendo las mismas cosas. Estoy casi seguro de que si retrasara esta misma escena cuatro décadas, las casas y edificios de dos pisos que me rodean ahora se verían igual. Estoy por pasar una semana en este escenario de época vuelto realidad, esta caja de cartón que se llama Santa Fe, y apenas si me imagino cómo voy a vivirlo. Nunca más, después de mi noviazgo, volví a quedarme más de tres días seguidos en la ciudad. Nunca volví en vacaciones de enero hasta hoy, que en un esfuerzo por descomprimirme del ritmo del trabajo, y por qué no, de ahorrar un poco de plata, vuelvo a Santa Fe con la esperanza de que no se vuelva color sepia.
Al llegar a la puerta de edificio, una casualidad típicamente pueblerina hace que justo mientras estoy bajando del taxi, se cruce por la calle un amigo de papá al que conozco, y que me reconoce. El negro Martínez. Me ve tan grande y hecho un hombre, esas cosas que se dicen, y me invita a tomar un café después de comer, porque él es de los que, como yo, apátridas, cipayos, no dormimos la siesta, y en ese sentido nunca fui santafesino. Lo dudo por un momento, pero tentado de cambiar las fuerzas de la costumbre –las que me llevan de una casa a la otra entre parientes y parientes hasta que me vuelvo a Buenos Aires-, acepto su invitación. Tentado también, pensaré luego, de rascar de este amigo de mi papá, detalles sobre mi papá. Porque de alguna manera, cada vez que vengo a Santa Fe, vengo a visitarlo en parte un poco a él, y a mi vieja.
A él lo veo en la cara de mi abuelo, que parece la versión más exacerbada de algunas de sus manías, y en las monigotadas que me regalaba hasta hace no tanto como si todavía tuviera diez años, cuando en la mesa del almuerzo se escondía atrás de las botellas de soda y me hacía morisquetas con la cara deformada por la curvatura del vidrio. Y lo veo a través del Negro Martínez, su versión más campechana, de antaño, de amigos litoraleños que hacían cosas que yo pocas veces o casi nunca hice.
IV
Al terminar de comer con mis abuelos, bajo a la calle una vez que se han acostado, sin apuro de avisar a nadie que estoy en Santa Fe, para no someterme a obligaciones sociales. Quisiera no saber para dónde camino, pero en Santa Fe es imposible no ubicarse, así que tomo el camino más desconocido, haciendo como que no sé adónde voy a terminar. Además -pienso- por tendencia personal, mi cabeza funciona como un sistema de información geográfica, y mientras a muchos les cuesta ubicarse en tiempo y espacio, a mí me resulta inevitable, automático, hacerlo de esa manera, y entonces disfruto justamente de lo contrario: de perderme por la ciudad, de ir buscando sobre la marcha nuevas soluciones para llegar a cualquier punto, o a ninguno, nuevas combinaciones y ángulos desde donde mirar los lugares.
Miro ahora la tarde refulgente, diáfana, y de pronto, casi como de la nada, siento algo que no me ha ocurrido hasta entonces desde que salí de Buenos Aires: nada menos que, como si la tarde recobrara un sentido insospechado. En Santa Fe, y sin muchas ganas de estar, eso no es poca cosa: contradiciendo los mandatos, el día se abre y se me vuelve un mundo de posibilidades. Descubro que puedo armar un mapa distinto, y recorriendo otros patrones de mi memoria, recuerdo que hay unos cuantos amigos para visitar, unos cuantos lugares que me quedaron pendientes.
Y supongo que eso son las vacaciones: un racimo de alternativas entre las que uno toma dos o tres, casi al azar, y deshecha otras tantas. Como acá, en Santa Fe, las opciones se van desplegando ante uno en forma variable, a medida que se va trazando un camino; el destino se reacomoda y produce configuraciones que van modificándose como resultado de cada decisión, como un caleidoscopio que se construye y se reconstruye a medida que lo voy girando.
BASURA DUDOSA / DOUBTFUL GARBAGE
Hace 10 años
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