jueves, 7 de agosto de 2008

Un cuento que sería una delicia para un terapeuta

Un cuento que escribí hace unos años, lo encontré y me pareció... ¿cómo decirlo? Como para ir derecho al diván.


Programa de domingo

Mientras manejaba por la autopista, un sol que rajaba la tierra, tuve que insistirle a papá -sentado a mi lado- en que se quedara tranquilo, que mamá no volvía de viaje hasta el día siguiente. Y en cualquier caso, no jodas, no hay ningún problema en que estés acá conmigo. Me imaginé que de todas maneras lo recorría un hilo de incomodidad.
—Llegamos nomás —dije, frente al portón.
Había sido una hora de auto con un calor insoportable.
—Qué lindo está el día —dijo mi viejo, desabrochándose el cinturón de seguridad.
—Sí, y ya está preparada la pileta.
No podía esperar a meterme. Las gotas se me derramaban por el pecho. Papá se secó la frente con la mano y dejó ver un manchón oscuro en la remera. Me bajé del auto palpando en el bolsillo el manojo de llaves, en dirección al candado del portón. Nubes angostas, largas y paralelas se desplegaban contra el fondo celeste. Desde el portón vi el pasto perfectamente cortado, las huellas de la cortadora a lo largo del terreno, los jazmines florecidos. Un poco más allá descansaba el asador, apacible, custodiado por el pino y el jacarandá.

Miré el llavero, y por un segundo me taré. Miré bien otra vez y me di cuenta: una sensación de mierda. Cerré los ojos, asentí en silencio y volví hacia el auto sin saber qué cara poner. Entré en el Peugeot; me senté sin cerrar la puerta.
—Me traje otras llaves... —dije, apenas, y lo miré.
Papá parpadeó una sola vez.
—Mentira...
—Sí, sí, me traje otras llaves.
Hubo un silencio como de cinco segundos.
—¿Podés explicarme cómo hacés para ser tan pelotudo? ¡La puta que los parió! ¡Me querés decir!
Bajé la cabeza. Irritado conmigo mismo
Cinco segundos más.
—¿Qué hacemos ahora? —insistió.
—¿Y si saltamos? —pregunté.
Papá chistó.
—...lo que pasa —dije, pensando en voz alta—, es que también necesito las llaves para entrar en la casa...

Otro silencio fúnebre. Abrí los brazos sin saber qué hacer.
—¡Bueh! —dijo papá, evidentemente resignado—. Dale, volvamos.
—No, pará, dejame pensar.
—¿Y qué pensas hacer, eh? Ya está, ya pasó! —bufó y empezó a mordisquearse la uña apoyando el codo en el borde de la ventanilla. Negaba en silencio. Cuando mi viejo niega en silencio no quiero ni mirarlo. Es que... qué pelotudo.
—¡Esperá, esperá, ya está!
—¿Qué?
—¡Carlos!
—¿Qué? ¿Qué Carlos?

Carlos. El cuidador y arreglatutti de la quinta. Un cincuentón alto y recio, a pesar de los hombros caídos; uno de esos tipos de manos fuertes, curtidas por alambres y astillas. Pocas palabras y la mirada profunda. De esas que parecen esconder un secreto pero son de bondad, de una bondad casi incorruptible. A excepción, quizá, de cierta rudeza que de todos modos lo hace un hombre que transmite seguridad, fiel a las órdenes de mi madre, que le paga bien y lo trata como la gente.

—Carlos —le dije a papá— es el tipo que nos hace arreglos en la casa. Vive por acá, y tiene llaves.
—Bueno. ¿Sabés el teléfono?
—No. Pero lo tiene la tía Graciela.
Tomé el celular de papá. Llamé a la tía. Tras un saludo, y cómo anda tu papá que hace tanto que no lo veo, me fue dictando los números. Yo los repetía en voz alta y papá los anotaba en la palma de su mano.
—Bueno, ahora lo llamo a éste —dije—. Pasame el número.
Papá me alcanzó su mano. Marqué. Llamó dos veces. El tono era raro, no era el típico sonido. Se oía apagado, como lejos.
—Diga —atendió de pronto, grueso y seco.
—Qué tal, Carlos, habla Valentín, el hijo de María Vallese, de la quinta.
—Ah, qué tal, cómo te va, pibe.
—Bien, gracias. Mire, lo llamo porque tengo un problemita... Estoy en el portón de la quinta y acabo de darme cuenta de que me traje otras llaves.
—Ahá.
Continué:
—Necesitaría saber si hay alguna posibilidad de que usted me preste sus llaves, porque vine a pasar el día con mi papá y estoy acá y no sé qué hacer.
El hombre se tomó su tiempo para responder.
—¿Pero qué? ¿Estás solo, pibe?
—No. Ya le dije. Estoy con mi papá.
Otro silencio.
—¿Sabés lo que pasa, pibe? —me dijo—, que yo no tengo orden de tu mamá. Y si ella no me dice, no puedo abrir, ¿viste...? ¿Tu mamá no está para preguntarle?
—No, ese es el problema. Ella está de viaje. Es imposible llamarla.
Otra vez silencio. El hombre parecía incómodo. O raro.
—Mmh, y vos necesitás la llave...
—Sí, o al menos que me abra, Don Carlos. Lo que me importa es entrar, nomás. Es por hoy, ¿sabe?
—Pero tu mamá no me dice y a mí me resulta difícil, ¿viste?
—Lo entiendo. Está bien. Si no puede, está bien. Déjelo así.
Otro silencio largo. Empecé a sentirme molesto. Era mi propia quinta.
—Bueno, está bien —dijo de pronto—, quedate ahí que salgo para allá.
—No, quédese tranquilo que yo voy a buscarlo.
—Mirá, para caminar camino yo.
—No, no, lo que pasa es que tengo auto.
—Ah, bueh. ¿Sabés dónde es mi casa?
—No.
—De la ruta ocho, cuatro cuadras para adentro por Pardo. Santa Rosa 220.
—Anotá, papá —dije, girando la cabeza—. Santa Rosa 220. Perfecto, Don Carlos, nos vemos, hasta luego.

Arranqué el auto, di marcha atrás y pegué contra un poste.
—¡Dejá de hacer cagadas, pelotudo! —gritó mi viejo y dio un puñetazo a la guantera.
No me atreví a decir nada. Se bajó de golpe, fue a chequear el guardabarros. Yo fui atrás. Por suerte no era nada, ni un bollo siquiera. En silencio volvimos al auto. Le pregunté si prefería volverse, olvidarse del asunto de las llaves.
—Si querés nos volvemos —dije.
—¡Manejá, dale, manejá!
Arranqué otra vez, ahora con suavidad. Salimos para lo de Carlos. Quedaría como a veinte cuadras.
Papá iba sin hablarme.
Pero luego, con el correr de los minutos, vi que se ablandaba. No quería soltar prenda, así que decidí romper el hielo: me puse a contarle de la conversación con Carlos. Primero chistaba. Después contestaba con monosílabos. Después pareció que se relajaba. Y en algún momento me preguntó:
—¿Sabés por qué Carlos no te quería dar las llaves?
Tardé en contestarle.
—Y... ¿por seguridad?
—Sí. Pero eso no hace la diferencia.
—No entiendo.
—Digo, la cosa es que estabas conmigo. Y él no me conoce —hizo una pausa—. Ponete en su lugar: yo podría ser un hijo de puta que se te metió en el auto y te obligó a abrir la quinta. ¿Cómo se va a dar cuenta él de que no es así?
—Cierto...
—Es correcto el planteo del tipo. Fijate si no. Cuando vos le dijiste “está bien, deje nomás”, el tipo confió en que no te estaban obligando. O por lo menos es lo que parece. Pero vas a ver que ahora va a estar alerta.
Asentí con un gesto. No me convencía mucho, parecía un poco forzado.
Transitamos algunas calles arboladas, cruzamos una ruta interna, por el medio del pueblo, y continuamos por un camino de tierra. Notable, pensé, cómo cambia la escenografía. Era más evidente la pobreza. Vi chicos harapientos y descalzos, pateando el polvo. Vi un perro hinchado de tan muerto.
Santa Rosa 220: techo de chapa acanalada, verja de madera podrida, ventana cubierta con nylon. Desde la esquina, unos tipos de musculosa miraron el 306 con una atención inquietante.
Bajé y papá me siguió. Batí palmas.
Esperamos.
Nada.
Aplaudí otra vez. Esperamos, esperamos.

De pronto, por un hueco entre un pasillo y un árbol seco, apareció Carlos.
Venía lento, un tanto rígido y con la frente baja. Si la hipótesis de papá era correcta, sería interesante verificar la forma en que Carlos me iba a preguntar si yo estaba bien. Entonces yo le haría, por supuesto, un gesto afirmativo, para que se relaje.

Carlos se acercó y abrió el portón. Noté que echó dos miradas rápidas y celosas sobre cada uno, como estudiándonos. Papá estaba detrás de mí.
—¡Hola, Carlos! —lancé— ¿qué tal?
—Hola… —apenas se lo oyó.
Papá no decía nada.
En una mano, Carlos apretaba el manojo de llaves. En la otra, sostenía una pala. Una pala grande y algo oxidada. El hombre pasó la verja, la cerró. Y con la mano de las llaves se secó la frente.
—Disculpe si le interrumpimos el trabajo —dije, mientras le tendía la diestra.
Papá —casi provocativo— apenas saludó con la cabeza. Carlos lo miró fijo, y después respondió el saludo. En efecto, se lo veía desconfiado. Muy desconfiado. Yo empecé a esperar la señal infaltable, divertido. Me lo imaginaba a papá, también, desde atrás, con una media sonrisa, esperando la pregunta.
—No, no hay ningún problema —respondió Carlos—. Estoy cavando para la cloaca. Pero voy avanzando. Despacio. Y parando… porque tiene que ser profundo, ¿viste?
—Y sí, me imagino...
Papá se limitaba a observar. Todo me resultaba muy atractivo.
—Bueno, pibe, acá tenés las llaves.
Y en ese momento se me acercó, de manera que, según calculé, yo estaría tapando su cara de la vista de papá. Ahí, en ese mismo instante, fue cuando me levantó las cejas, un ancho de espadas perfecto. Un gesto casi imperceptible, veloz.
Pero yo entendí.

No me acuerdo otras veces en que un solo segundo me resultase tan intenso, tan eterno. Fue como si la muerte me hubiera suspendido en el aire, trasladándome a un momento paralelo. Lo cierto es que su cara estaba justo a cuarenta centímetros de la mía. Y en ese preciso segundo él parecía buscar saber si yo estaba bien. Con su toda violencia y su frialdad hechas carne en un mismo gesto. Con sus años y sus peleas encima.

Entonces pasó. No sé qué cara habré puesto, pero esbocé alguna palabra muda con los labios. Algo pareció encenderlo, y creí ver un brillo animal en sus ojos. Por un instante me asusté de verdad. Hasta que entendí que mi imaginación estaba forzando el momento.

Carlos terminó de darme las llaves. Yo giré hacia el auto y lo saludé volviéndome apenas. También lo saludó papá, de vuelta hacia el Peugeot.

Sólo la curiosidad me hizo darme vuelta un instante, alguna veta de adrenalina, de incertidumbre. Y en ese momento, en el segundo en que me di vuelta me quedé paralizado y atónito al ver a Carlos avanzando a los trancos con la pala cada vez más alta sobre la cabeza de papá. Fue un instante, y vi entonces la pala golpear de filo la nuca de papá. Lo vi caer. Vi a Carlos soltarla y echársele encima a romperle los huesos. Todo en un instante. Y yo congelado. Vi a papá recibiendo trompadas de un saque. En el estómago, en la cara. Y yo congelado. Vi a Carlos revisarle el pantalón para buscar algún dato, a papá inconsciente. Y yo paralizado. Lo vi encontrar la billetera y agarrar una tarjeta. Lo vi leer el nombre. Lo vi mirarme de golpe, con los ojos enardecidos.

1 comentario:

Guillermo dijo...

por un momento pensé que fue verdad. Pero descubrí que no, finalmente.
muy bueno. me mantuvo expectante.

saludos
guille