sábado, 13 de septiembre de 2008

Pequeño Brumario

A John Kennedy Toole

El compañero Santiago Lucano, veintitrés años, seis de militancia y un precoz lugar en la dirigencia ganado por su proverbial capacidad discursiva, se dirigió a la multitud, subido cuatro escalones, en medio del revoltijo de la gente y de la ansiedad de la tarde.

-¡¡Compañeros!! –tronó haciendo eco, y el público aplaudió al distinguir su voz- ¡Compañeros! ¡Por favor, silencio!

Las cientos de cabezas que lo miraban empezaron a callarse poco a poco; más atrás, a unos cien metros, algunos bajaron unas banderas y pancartas que tapaban la vista de aquellos más al fondo.

-¡Compañeros! Estamos transcurriendo horas agónicas –afirmó, con la voz amplificada por el micrófono y por su garganta, mientras una gota de transpiración le bajaba por la sien-. Horas en las que las decisiones del pueblo de los trabajadores determinan el futuro. Nos vemos una vez más amenazados por actitudes reaccionarias de un gobierno fascista ¡que está dispuesto a estupidizarnos con el único objetivo de satisfacer sus propios intereses!

La gente explotó en un aplauso cerrado. Desde algún lado le acercaron un vaso con agua y lo terminó de un solo trago. Esperó a que bajara el aplauso y continuó:

-Nos toman por tontos, por alienados sin conciencia de sí mismos; se creyeron que nos iban a derrotar... Pero no saben que los estudiantes y trabajadores tenemos la fuerza que nos da la verdad del pueblo... Después del cacerolazo, ¡vamos a convocar a un Argentinazo! -proclamó, con los ojos inyectados y las venas sobresaliendo en su cabeza.

En ese momento se sintió un ruido mecánico y opaco. El compañero Lucano y toda la cúpula buscaron con la mirada para ver de dónde provenía. El desconcierto se tornó enojo; algo extraño había distraído la atención del público. De pronto, a unos tres metros, al lado del escenario, apareció Marta Rufino, vestida de trabajo.

-Santiago, ¿qué hacés ahí parado en la escalera? ¿Vos estabas hablando solo?

El compañero Lucano no respondió, indignado, sin saber cómo manejar la situación. Luego, ella avanzó sobre la multitud.

-¡Mamá! ¡Estás pisando a mi público! –estalló, enceguecido.

Ella frenó y se quedó mirándolo.

-¿Otra vez con esa estupidez? Santiago, tenés veintitrés años, son las dos de la tarde, no puede ser, me hacés preocupar. Ya te dije que te empieces a buscar un trabajo. Ahora bajate de ahí y poneme por favor la pava para el mate. Voy a dejar las cosas en mi cuarto.

La contrarrevolución puede tomar las formas más insospechadas y grotescas, pensó el compañero Lucano. Busca ridiculizar a los líderes populares frente a la masa para desmoralizarlos.

Por suerte esto había sido sólo un ensayo, pero aún así, cuando practicaba sus discursos llegaba a estados de concentración tan profundos que por un momento perdía la cabeza y sentía que era real. Sólo el desaire de una proletaria que ha perdido su autoconciencia podía hacerle desvanecer la magia de su entrenamiento.

Se bajó de la escalera, y pidiéndole disculpas al público por semejante bochorno, avanzó a la cocina todavía excitado y furioso. Llenó la pava, la puso de un golpe al fuego, después fue a su habitación, sacó su campera verde del armario y salió de la casa sin saludar, ofendido, rumbo a la facultad, donde lo esperaba una movilización multitudinaria para la que, contando a los del partido, aguardaban como mínimo cincuenta personas.

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