jueves, 4 de septiembre de 2008

Semblanza de un invitado

Ssssamigos:

Les brindo aquí una pequeña pieza pergeñada por mi amigo Atilio. Me gustó tanto que quise publicarla aquí, como si eso significara algún tipo de honor para él, pero que en realidad es el mío. Que lo disfruten.


Mi vida: un ensayo autobiográfico

Por Atilio Grimani

Me propongo, en este trabajo, esclarecer ciertos aspectos de mi existencia que han permanecido ocultos a través de los años. Los momentos más importantes de mi niñez, que contribuyeron a conformar mi psiquis actual, serán enumerados. Nos interiorizaremos en la relación con mis padres, demostrando que son exageradas sus teorías que argumentan que podría haber sido un gran médico. Por último, abordaremos el tema desencadenante de mi realidad actual: Bárbara y el por qué estudio derecho.

Si hablamos de hechos importantes, la muerte de mi tortuga, Josefa, en manos de un albañil miope que la aplastó con un balde de cemento, me afectó desproporcionadamente. Fue este acto el que condicionó, en mis primeros años de vida, la forma de relacionarme con los integrantes de tan noble rubro, y no una injustificada sensación de superioridad, como han insinuado mis detractores.

Unos años después, a la edad de once, me vi ante un dilema moral que serviría de cimiento a la estructura de valores que mantengo hasta hoy. Cierta tarde entré al almacén de mi cuadra y quede paralizado por el miedo: ante mí se encontraba el mismo hombre que había asesinado a mi mascota tantos años atrás; junto a él, un niño de mi edad robaba galletas de un jarrón de vidrio. Cuando la dueña del establecimiento descubrió la falta de las galletas, acusó de inmediato al desprolijo obrero. He aquí la disyuntiva que se me planteó: callar y vengar a mi mascota, o decir la verdad y salvar al causante de mis mayores miedos. Estaba claro para mí que sólo había una respuesta posible. Al instante le indiqué a la poco observadora almacenera cómo las migajas caían del bolsillo del muchacho.

Si bien mis actos de justicia siempre impresionaron a mis padres, éstos nunca se plantearon otra carrera para mi futuro que no fuese la de médico. Fue así como, desde muy pequeño, intentaron inculcarme la profesión que ellos siempre amaron. Mis primeras posesiones terrenales fueron -en orden cronológico-: un estetoscopio, un guardapolvo y una jeringa de plástico. Nadie se hubiese extrañado si mi destino se hubiese alineado con el de Hipócrates y Maimónides, pero estaba claro para mí que yo debía seguir los pasos de Perry Mason. Apenas cumplidos los diecisiete años me llegó el momento de anotarme en el CBC, y mientras hacia la cola conocí a Bárbara.

De la misma forma en la que todo el tiempo supe que el derecho era mi vocación, nunca tuve dudas de que Bárbara me haría perder la cordura para siempre. Comenzamos a salir pocas semanas después de rendir el examen final de Derecho Privado A, y ya nunca nos separamos. En el transcurso de tercer año se dio el momento de conocer a su familia. Imaginen mi sorpresa cuando, al ver a su padre descubrí que era Rubén, el mismo hombre que había asesinado a mi tortuga y al que yo había salvado de la furia de la almacenera.

En conclusión, de mis experiencias de niño y adolescente se desprende mi gran sentido de la justicia, y podemos ver cómo el derecho me deparaba, sin que yo lo supiese, las mejores cosas de mi vida. Asimismo, está comprobado que mis padres estuvieron siempre equivocados en cuanto a mi futuro. Equivocación reafirmada en el hecho de que nunca hice caso de sus regalos, mientras que jugaba a ser juez y parte en el patio de mi casa.

3 comentarios:

Magu dijo...

Querido Nacho, el honor es todo mio. ¿Que sería de mi humilde obra, sin tus acentos y tus comas? Sabés bien que sos mi editor de cabecera.
Un abrazo enorme.
Atilio

Carmela dijo...

Amigos: que placer tenerlos juntos a los dos en este virtual espacio!!! Genial el cuento, raro, siempre con la duda de cuanta realidad hay mezclada. El blog, cada vez mejor, nuevas fotos, nuevos cuentos,nuevos invitados...Felicitaciones!

daniel dijo...

Muy bueno.