El destierro
Sin poder concentrarme de ninguna forma, levanté los ojos del libro y la luz de la lámpara sobre el escritorio me encandiló. Las manos me temblaban, y tuve que contener el llanto para que nadie me oyera. Pensé en todo y en todos, pero me sentía impotente para hacer cualquier otra cosa. Sabía lo que iba a hacer y no quería bajo ningún concepto. Me acusé de imbécil, de inconsciente, pero nada iba a detener una decisión ya tomada. Sólo tenía que juntar el coraje.
De golpe sonó el teléfono. Una vez. Sonó una segunda vez. Lo miré con odio, sin hacer un gesto, y como si se hubiesen dado cuenta, luego del tercer llamado dejó de sonar.
No pude soportarlo más: en ese momento me levanté del asiento, decidido, pasé el ventanal abierto que daba al balcón, y tras fijar la vista un instante en el pavimento, doce pisos abajo, y ver tres autos recorriendo la calle, me alcé con los brazos por sobre la baranda, con gran esfuerzo. Así quedé sentado en el borde, haciendo equilibrio, una pierna a cada lado.
Después de dudar unos instantes, me dije que era mejor hacerlo antes que pensar, y tomé impulso para vencer mi propia resistencia. Cerré fuerte los ojos, me dejé caer hacia un costado, y solté los brazos en el aire, percibiendo el frío nocturno de mayo.
Vértigo. El abismo. Perdí el absoluto control sobre mi cuerpo y vi los adoquines acercándose, un auto rojo pasando de largo. Los ojos me picaron, el pecho se me llenó de pánico, mi estómago se cerró mientras caía directo hacia el suelo. Sentí locas ganas de vivir, arrepentimiento total, desesperado amor a la vida. Y grité.
El impacto.
Ciego, sentí que estaba hundido contra el pavimento, despatarrado, y pronto me dominó un terrible dolor de cabeza.
Un instante después caí en la cuenta de que estaba vivo.
Ridículo, sí. Pero real.
Estuve un momento más así, aguantando el dolor, y cuando empezó a apaciguarse, me pregunté por qué no habría ruidos de la calle. Por qué nadie había venido a verme todavía. Logré incorporarme, poco a poco, primero los brazos y después las piernas, tratando de asimilar el hecho de que todo estaba casi igual que hasta recién: mi cuerpo entero, como si nada salvo el dolor de cabeza, la calle iluminada por los faroles, y el frío silencioso de la noche interrumpido por la música de la pizzería de la esquina, con sus mesas sobre la calle.
Pero de repente, la diferencia: ninguno de los que ocupaban las mesas se movía, echados en las sillas hacia atrás o hacia delante como muñecos abandonados; los que caminaban en la vereda ahora estaban dispersos por el suelo como si fuesen trapos. El auto rojo de unos instantes atrás estaba detenido frente al semáforo en verde, con el motor encendido.
Aunque siempre fui ateo, en ese momento me di cuenta de que alguien había reservado un infierno para mí.
En efecto: ahora yo era el único vivo.
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BASURA DUDOSA / DOUBTFUL GARBAGE
Hace 10 años
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