Perder, puta madre, es perder. No tiene color a expectativa sobre el después, no tiene olor a interrogante. Tiene clamor de certeza. Tenor de dolor, llano, seguro. Y es una certeza muy mala, una señora que te dice que no con el dedito, que te chista, como si te dijera que te llevaste matemática a diciembre. Perder tiene eso, que es gris, silencioso, sin cuchicheos del resto, sin excitación tras el batacazo final, y te está exigiendo que te olvides porque no hay que pensar las guerras como batallas, sino, en todo caso, si cabe la metáfora, las batallas como guerras.
¿Cuándo sabés que perdiste una batalla, y no una guerra? ¿Cuándo resignarte, o seguir poniéndole caballos con lanza a una fila de tipos que ven el vacío, claro y profundo, a quinientos metros? ¿O que ya están cayendo al vacío, y vos no te percataste?
Pero bueno, la vida, ni un pedazo de ella, es una batalla, y menos una guerra. Uno a veces lo vive como si lo fuera, o como si la metáfora nos dijera algo sobre lo que cuestan las cosas.
Pero no. Perder es perder. Y hay que virar y seguir remando. Así de sencillo.
BASURA DUDOSA / DOUBTFUL GARBAGE
Hace 10 años
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