martes, 23 de septiembre de 2008

Cuento. Álbum Familiar.

Álbum familiar


Me había mudado dos semanas atrás, y ahora volvía a buscar las cosas sueltas que quedaban en el departamento. No era mucho: una silla, tres o cuatro herramientas, algunos cables y una lámpara de alabastro que había querido ignorar el día de la mudanza, pero que ahora me resultó imposible.

Eran cerca de las tres de la tarde cuando terminé de ordenar, junté las cosas y decidí salir. En silencio, desde la puerta de calle, contemplé por última vez mi casa vacía: estaba desnuda, pálida. Fue un segundo muy largo. Me di vuelta y cerré de un portazo, dejando atrás veinticuatro años, con una sensación agridulce. No lloré, pero me fui con un nudo en la garganta.

Mientras salía del viejo edificio, repasé las imágenes que persistían en mi mente: las marcas de los cuadros en las paredes vacías, las puertas corredizas de los placares fuera de sus rieles, los estantes sin nada. Huellas que se habían impreso en nuestra vida cotidiana. Una y otra vez abrí y cerré ese placard de mi habitación para buscar mi ropa, las llaves del auto, para ponerme perfume, para abrirlo por abrirlo. Los cuadros, colgados por todo el departamento, estaban incorporados a lo más íntimo de nuestra rutina y eran parte de la escenografía natural de mi casa: pasar a la cocina y ver los cipreses de Van Gogh, llegar al living y frenarme ante la campiña inglesa de Constable, con la casita rural apenas sobre la izquierda, rodeada de álamos.

Pero desde ahí pasó mucho tiempo; cuando todavía éramos una familia. Yo era el más chico de los hermanos, y muchos recuerdos no voy a poder recuperarlos. Se los llevaron papá y mamá. O Juancho, al que tampoco volví a ver desde el año pasado, cosa que me hace angustiar cada vez que lo pienso. Pero sí tengo presente, al menos, ciertas escenas, casi como imágenes de un sueño, de cuando papá me alzaba, o cuando mamá me consolaba cantándome esa canción. También me acuerdo del desayuno antes de ir a la escuela, cuando debía ser un chiquito de nueve o diez años. O, en la época fea, de las peleas entre papá y mamá, a los gritos desde la otra habitación, y nosotros llorando bajito los tres juntos, mirándonos con las manos tapando nuestros oídos y afirmando con la cabeza porque sabíamos que se estaban peleando, como tantas veces.

Y también me acuerdo, varios años después, de Alejandra y yo, adolescentes, escondidos en mi cuarto haciendo el amor, esas primeras pruebas de sexo casi infantil, tímido y exploratorio, con la luz apagada. O de mi traje para ir a la iglesia, colgado en un perchero sobre la pared, que al final nunca llegué a usar.

La idea era alquilar el departamento para ir pagando parte de las cuotas de mi nueva casa. Por eso el lunes, no bien salí de la oficina, fui a la inmobiliaria de la vuelta a hablar con el tipo. A partir de ahí me dediqué a ordenar las cosas en el departamento nuevo, un poco con automatismo, un poco con expectativa. Todo se había ido al carajo desde aquel momento impronunciable, y me sentía muy solo. Me gustaba pensar y me refugiaba en la idea de que Ale estaría ahora con papá y mamá, mirándome y cuidándome de alguna manera, desde allá arriba.

El nuevo departamento era más grande, y me daba sensación de vacío. Pero apenas lo fui a ver, me gustó y acepté. Gaby me ayudó a elegirlo, porque la verdad es yo tampoco estaba en condiciones de complicarme demasiado. Pese a la comodidad de este nuevo lugar, y a pesar de que regalé la cama anterior porque no podía soportar la idea de dormir sin Alejandra, la primera vez que me acosté en la nueva sentí con más vértigo ese vacío exasperante. Unos ojos muy fijos, suspendidos en el aire, me observaban desde el costado.

Un mes después seguía sin poder alquilar el departamento. Entonces decidí ir a verlo para ver si hacía falta retocar algo. Salí tarde del trabajo, un viernes, y cerca de las ocho de la noche entré al edificio. Cuando el viejo ascensor de hierro llegó a nuestro piso, en medio de aquel silencio típico de los edificios grandes y antiguos, sentí el eco de unos sonidos, tal vez exclamaciones, de gente riéndose o llorando, en algún lugar del piso. Me pareció raro porque casi todos los vecinos del pasillo eran gente mayor. Además, ya era de noche y hacía un poco de frío. Miré por el ventanal por si alguien estaba asomado a las ventanas del contrafrente, pero no había nadie.

Como el palier que daba a mi puerta no tenía luz, me fui acercando a tientas hasta mi departamento, con cuidado de no tropezarme. Y entonces volví a sentir esos ruidos de gente, unas voces que se interrumpían, alguien riéndose o llorando. Solamente ahí pude distinguir con claridad, tras un segundo de duda, que venía de mi propia casa.

Me recorrió un escalofrío, y de puro miedo contuve la respiración. No estaba seguro, y quise comprobar: avancé despacio, tratando de guardar la calma, y me detuve a uno o dos pasos de la puerta. Sigilosamente, puse la oreja contra la madera fría: unos gritos y exclamaciones se intercalaban dentro de mi propia casa, donde era imposible que hubiese alguien.

No supe qué hacer. Pensé en golpear fuerte, como para espantarlos, pero nada me parecía más absurdo. Pensé que tal vez podía ser el de la inmobiliaria con alguien más, pero intuí que no. Lo más chocante era que no parecían molestos por dejarse oír. ¿Cómo podía ser que el de la inmobiliaria no supiera? Empecé a pensar lo peor del tipo. Todos los razonamientos afluían muy rápido, y mi corazón bombeó cada vez más fuerte.

¿A quién llamar? ¿A la policía, al portero? ¿A quién? Estaba paralizado. Por la cerradura se filtraba un haz de luz, y yo -recordé, como para comprobar una vez más que esto era cierto- había dejado la casa apagada. Acerqué la vista al ojo de la cerradura, pero algo del otro lado, cercano a la puerta, me tapó. Se movía. Ahí mismo me enfurecí, y tuve el impulso, la necesidad inmediata de entrar y ver. Así que en la oscuridad busqué el llavero tratando de evitar los chasquidos, saqué de mi bolsillo el cortaplumas por si cualquier cosa, contuve la respiración, y metí bruscamente la llave en la cerradura.

Abrí la puerta y de inmediato vi, en medio del pasillo, a un hombre agachado que, sin dar cuenta de mi existencia, y gritando de euforia, sostenía de ambos brazos a un chiquito tambaleante:

—¡Miren, miren, camina, camina!

El chiquito parecía compenetrado en la prueba. Por atrás fueron apareciendo otras personas. No entendí nada, ni siquiera se percataban de que yo había entrado.

Me detuve un instante, mirándolos fijo, porque entonces los reconocí, y un segundo después, al comprobarlo, me dio un intenso dolor en el pecho; me sentí débil, como si fuese a desmayarme, y fui cayendo de espaldas contra la puerta mientras entendía, sin poder creerlo, la escena que estaba contemplando: porque aquel hombre agachado era mi papá, y ese chiquito era yo.

—¡Vení, Marti, rápido! ¡Vengan a ver!

La nena era Gabriela, mi hermana; el chico, como de diez años, era Juancho, el mayor de los tres. Ambos en piyama. Y mamá, mi madre, vestida de entrecasa. Miré el lugar: el reloj vertical de madera funcionaba, y todo estaba otra vez ahí, como dos semanas atrás, pero limpio y alegre, como muchos años antes. La biblioteca del pasillo rebozaba de libros. Me miré en ese chiquilín, que avanzaba pasito a pasito. Al instante recordé las fotos del álbum familiar sobre aquella vez, y en ese preciso segundo mi mamá corrió a la habitación y volvió con la cámara, poniéndose delante de mí para sacar la foto que yo vería años más tarde, y que ahora, frente a semejante realidad, me parecía un papel obsoleto. Me picaron los ojos y las lágrimas me nublaron la vista. Me arrodillé, sin poder creerlo, delante de mí mismo.

—¡Muy bien, Lucas! —me gritaban todos.
—Ahora lo voy a soltar —gritó papá
—¡No, no lo sueltes! —reaccionó mamá
—¡Sí, soltalo, soltalo! —exclamaron mis hermanos a coro.

El aspecto del chiquito era el de un combate durísimo contra la gravedad. Se mordía el labio inferior con sus dientes ínfimos. Papá, veinte años más joven y sin bigote, lo soltó, y después de tambalearse un poco, finalmente ganó equilibró, hasta que empezó a dar pequeños pasos. Entonces mamá se interpuso entre él y yo, de espaldas a mí, y lo esperó: tenía que andar dos metros solito hasta sus brazos. Caminó medio metro y se cayó de frente, de un terrible golpe. Se echó a llorar y mamá lo levantó, lo consoló con muchos besos, diciéndole mi chiquito, no se preocupe, mientras papá le decía no pasa nada, no pasa nada, y le daba aliento para que siguiera.

Entonces me acordé del diente partido. Nadie lo había notado hasta un rato después. Todos quisieron que lo intentara de nuevo, y en la ansiedad por lograrlo, dejé de llorar. Otra vez el suspenso, el silencio y la expectativa, mientras cruzaba el océano, los dos metros que me separaban entre mamá y papá, caminando contra ese balanceo horrible que me desestabilizaba, avanzando un paso, y luego otro, y luego uno más, y casi el último, ya emocionado, casi victorioso, todos alentándome, hasta que empecé a sentir que me caía en el medio del último paso, y en ese momento me lancé sobre mamá, que me recibió con sus brazos enormes a los gritos, y en la emoción, todos me abrazaron y me llenaron de besos.

Esa noche, pese a la caída y el diente partido, aprendí a caminar. Me acostaron a las nueve y mis hermanos se quedaron leyendo en la cama. Mamá conversaba con papá en la cocina, tomando un vaso de vino. Hablaban de las vacaciones, y supuse que estarían en primavera, en especial porque no bien entré sentí un calor liviano, ajeno al invierno de la realidad exterior. Los vi contentos por mi paso al mundo de los caminantes, y porque simplemente parecían estar bien. Verlos ahí era mirar una película, un mecanismo que funcionaba solo, pero donde yo estaba adentro.

Ahí entonces volví en razón. Esto era de una irracionalidad absoluta, y a la vez era tan real que me asusté, pensando en que a lo mejor estaba alucinando. Seguro que estaba alucinando. Por eso quise irme de inmediato, para salir de ahí. Me alejé de papá y mamá caminando hacia atrás, casi con la sospecha de que algo fallaba en el universo de mi cerebro. Me dirigí a la puerta, cada vez más alarmado.

Pero cuando tomé el picaporte, la puerta no abrió. Busqué el llavero, pero no tenía nada. Traté de forzar la puerta. Rígida. Inmóvil. Intenté hacer memoria. ¿Había cerrado con llave? No. Esta situación es imposible, pensé. Volví sobre mis pasos. Mis padres se iban yendo a la cama. Les hablé, les exclamé, pero no me oyeron. Cuando intenté empujar a papá, pasé de largo en el aire. Volví corriendo hacia la puerta como una bestia, y la embestí con una fuerza desesperada, provocando un estampido que tenía que haber alarmado a todo el edificio. Estaba encerrado. Otra vez tiré del picaporte. Nada. Golpeé la puerta muchas veces más y grité:

—¡Alguien! ¡Vengan! ¡Me quedé encerrado! ¡Por favor!

Hice un escándalo que luego me pareció infructuoso. Grité hasta quedarme afónico, y los alaridos se transformaron en un llanto. Esto es una locura, repetí, dándole puñetazos a la puerta. Nada, nadie venía ni oía nada.

Entonces me quedé ahí, tirado contra la puerta, buscando aclarar la cabeza. Cerré los ojos y poco a poco me fui hundiendo en esa oscuridad, esperando pensar más tarde en qué hacer.

De pronto, alguien abrió la puerta y una luz me encegueció. Era mamá. Se acercó a la cuna, me alzó, y la abracé. Atrás vino papá con la mamadera.
Ignacio Albornoz

2 comentarios:

daniel dijo...

Nachito, fuerte este cuento para alguien a quien alguna vez se lo leiste..

Ignacio Albornoz dijo...

Dani De Leo????????????????????????????????????