Apoyados los codos sobre la ventana del bar, apuntó, midió y apretó el obturador de la réflex mientras ella pasaba por la esquina sin haberlo visto. Estaría a unos cuatro metros, y cuando retiró la cámara ya se había ido.
Pidió otro café y miró una vez más el fondo de la imagen sobre el que la había sacado: apenas se entreveía el cielo encapotado por detrás de los edificios, viejos, sucios y mojados. Igual, su áura gris empapaba todo el espacio. No podía ser otro día que lunes. Las baldosas rotas, llenas sus grietas de agua marrón, un montón de paraguas que se chocaban contra otros paraguas.
Quiso capturar eso, el caos incómodo de un día con lluvia en el microcentro, y por contraste, la luz increíble que ella llevaba consigo, no bien la vio acercarse por la vereda de enfrente.
Dos colectivos trababan ahora la bocacalle, rezagados del semáforo anterior, y la fila de autos de la otra mano los bocinaba hasta lo intolerable.
Al llegar al departamento fue derecho al depósito donde revelaba, repitió el procedimiento de siempre y dejó que el papel se secara un rato. Luego volvió, y al tomar la foto que le había sacado a la chica, abrió los ojos muy grandes hasta que comprobó que era cierto: inequívocamente, esa era la cara de su hija muerta.
Sintió que le bajaba la presión y empezó a ahogarse, a toser sin parar. A los bandazos salió corriendo hasta el baño, y sobre el inodoro, agachado, se largó a llorar, con náuseas pero sin poder largar nada.
No quiso contarle a Verónica, pero esa noche ella le preguntó varias veces qué le pasaba.
Al día siguiente estaba en el mismo bar, sentado a la misma mesa, una hora antes del exacto momento en que había pasado su hija el día anterior. Esta vez sin la cámara, pero con la foto en una mano, y con su corazón en la otra, a flor de piel, como si fuese un nene de diez años.
Por las dudas pagó el café no bien se lo trajeron, y se puso a esperar. Media hora más tarde, no había pasado. Pidió un segundo, un tercer café, y por tercera vez lo pagó al recibirlo. El mozo lo miraba extrañado y en algún momento le preguntó si estaba bien. Que sí, gracias, no se preocupe, que estaba esperando a alguien muy importante.
Por fin la vio, al rato. La divisó desde una cuadra antes, con el mismo piloto, el mismo andar, y el estómago se le comprimió. No sabía cómo era que su hija estaba ahí enfrente, viva como cualquiera, pero ahí estaba. Se levantó de un sólo impulso, de golpe, salió del bar y fue corriendo a encontrarla. En menos de veinte segundos estuvo a diez metros de ella, casi gritando su nombre. Sorprendida, ella levantó la cabeza pero no pudo entender ni reaccionar hasta que lo tuvo enfrente.
-¡Hijita querida! -le gritó él, entregado a la desesperación y a la euforia.
Ella lo reconoció, cambió de repente el gesto, y fue directo hacia él con sus brazos.
-¡Soy Angela, tío, tu sobrina! -lo atajó, mientras lo abrazaba fuerte y le acariciaba la espalda.
El se separó de golpe, incrédulo, pálido y con los ojos llorosos, muy rojos.
-¿Qué? ¿Cómo? ¡Pero si vos sos mi hija Ana!
Ella lo abrazó de nuevo, lo beso mientras lo apretaba fuerte y veía que las demás personas de alrededor se paraban para mirarlos.
-Tranquilo, tío, ¿si? Soy tu sobrina Angela. Tranquilo. Te quiero mucho, ¿sabés?
El se quebró en el llanto. Todo un minuto. Ella se mantuvo con él. Los dos parados en el medio de la calle, la gente esquivándolos, chapoteando entre baldosas rotas, llenas de grietas con agua marrón, paraguas que se chocaban contra otros paraguas.
Y cuando él volvió en sí, cuando entendió, mirándola a los ojos y temblando por el shock, primero hizo silencio, y luego, una vez más, le pidió disculpas. Ella lo besó muy fuerte en la mejilla y lo acompañó hasta su departamento.
Ignacio Albornoz
BASURA DUDOSA / DOUBTFUL GARBAGE
Hace 10 años
2 comentarios:
Apostaría que lo disfrutaste...
Jajajaj, lo hice desvelado. Y sí, lo disfruté.
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