lunes, 29 de septiembre de 2008

El abrazo

Apoyados los codos sobre la ventana del bar, apuntó, midió y apretó el obturador de la réflex mientras ella pasaba por la esquina sin haberlo visto. Estaría a unos cuatro metros, y cuando retiró la cámara ya se había ido.

Pidió otro café y miró una vez más el fondo de la imagen sobre el que la había sacado: apenas se entreveía el cielo encapotado por detrás de los edificios, viejos, sucios y mojados. Igual, su áura gris empapaba todo el espacio. No podía ser otro día que lunes. Las baldosas rotas, llenas sus grietas de agua marrón, un montón de paraguas que se chocaban contra otros paraguas.

Quiso capturar eso, el caos incómodo de un día con lluvia en el microcentro, y por contraste, la luz increíble que ella llevaba consigo, no bien la vio acercarse por la vereda de enfrente.

Dos colectivos trababan ahora la bocacalle, rezagados del semáforo anterior, y la fila de autos de la otra mano los bocinaba hasta lo intolerable.

Al llegar al departamento fue derecho al depósito donde revelaba, repitió el procedimiento de siempre y dejó que el papel se secara un rato. Luego volvió, y al tomar la foto que le había sacado a la chica, abrió los ojos muy grandes hasta que comprobó que era cierto: inequívocamente, esa era la cara de su hija muerta.

Sintió que le bajaba la presión y empezó a ahogarse, a toser sin parar. A los bandazos salió corriendo hasta el baño, y sobre el inodoro, agachado, se largó a llorar, con náuseas pero sin poder largar nada.

No quiso contarle a Verónica, pero esa noche ella le preguntó varias veces qué le pasaba.

Al día siguiente estaba en el mismo bar, sentado a la misma mesa, una hora antes del exacto momento en que había pasado su hija el día anterior. Esta vez sin la cámara, pero con la foto en una mano, y con su corazón en la otra, a flor de piel, como si fuese un nene de diez años.

Por las dudas pagó el café no bien se lo trajeron, y se puso a esperar. Media hora más tarde, no había pasado. Pidió un segundo, un tercer café, y por tercera vez lo pagó al recibirlo. El mozo lo miraba extrañado y en algún momento le preguntó si estaba bien. Que sí, gracias, no se preocupe, que estaba esperando a alguien muy importante.

Por fin la vio, al rato. La divisó desde una cuadra antes, con el mismo piloto, el mismo andar, y el estómago se le comprimió. No sabía cómo era que su hija estaba ahí enfrente, viva como cualquiera, pero ahí estaba. Se levantó de un sólo impulso, de golpe, salió del bar y fue corriendo a encontrarla. En menos de veinte segundos estuvo a diez metros de ella, casi gritando su nombre. Sorprendida, ella levantó la cabeza pero no pudo entender ni reaccionar hasta que lo tuvo enfrente.

-¡Hijita querida! -le gritó él, entregado a la desesperación y a la euforia.
Ella lo reconoció, cambió de repente el gesto, y fue directo hacia él con sus brazos.
-¡Soy Angela, tío, tu sobrina! -lo atajó, mientras lo abrazaba fuerte y le acariciaba la espalda.
El se separó de golpe, incrédulo, pálido y con los ojos llorosos, muy rojos.
-¿Qué? ¿Cómo? ¡Pero si vos sos mi hija Ana!
Ella lo abrazó de nuevo, lo beso mientras lo apretaba fuerte y veía que las demás personas de alrededor se paraban para mirarlos.
-Tranquilo, tío, ¿si? Soy tu sobrina Angela. Tranquilo. Te quiero mucho, ¿sabés?

El se quebró en el llanto. Todo un minuto. Ella se mantuvo con él. Los dos parados en el medio de la calle, la gente esquivándolos, chapoteando entre baldosas rotas, llenas de grietas con agua marrón, paraguas que se chocaban contra otros paraguas.

Y cuando él volvió en sí, cuando entendió, mirándola a los ojos y temblando por el shock, primero hizo silencio, y luego, una vez más, le pidió disculpas. Ella lo besó muy fuerte en la mejilla y lo acompañó hasta su departamento.

Ignacio Albornoz

martes, 23 de septiembre de 2008

Cuento. Álbum Familiar.

Álbum familiar


Me había mudado dos semanas atrás, y ahora volvía a buscar las cosas sueltas que quedaban en el departamento. No era mucho: una silla, tres o cuatro herramientas, algunos cables y una lámpara de alabastro que había querido ignorar el día de la mudanza, pero que ahora me resultó imposible.

Eran cerca de las tres de la tarde cuando terminé de ordenar, junté las cosas y decidí salir. En silencio, desde la puerta de calle, contemplé por última vez mi casa vacía: estaba desnuda, pálida. Fue un segundo muy largo. Me di vuelta y cerré de un portazo, dejando atrás veinticuatro años, con una sensación agridulce. No lloré, pero me fui con un nudo en la garganta.

Mientras salía del viejo edificio, repasé las imágenes que persistían en mi mente: las marcas de los cuadros en las paredes vacías, las puertas corredizas de los placares fuera de sus rieles, los estantes sin nada. Huellas que se habían impreso en nuestra vida cotidiana. Una y otra vez abrí y cerré ese placard de mi habitación para buscar mi ropa, las llaves del auto, para ponerme perfume, para abrirlo por abrirlo. Los cuadros, colgados por todo el departamento, estaban incorporados a lo más íntimo de nuestra rutina y eran parte de la escenografía natural de mi casa: pasar a la cocina y ver los cipreses de Van Gogh, llegar al living y frenarme ante la campiña inglesa de Constable, con la casita rural apenas sobre la izquierda, rodeada de álamos.

Pero desde ahí pasó mucho tiempo; cuando todavía éramos una familia. Yo era el más chico de los hermanos, y muchos recuerdos no voy a poder recuperarlos. Se los llevaron papá y mamá. O Juancho, al que tampoco volví a ver desde el año pasado, cosa que me hace angustiar cada vez que lo pienso. Pero sí tengo presente, al menos, ciertas escenas, casi como imágenes de un sueño, de cuando papá me alzaba, o cuando mamá me consolaba cantándome esa canción. También me acuerdo del desayuno antes de ir a la escuela, cuando debía ser un chiquito de nueve o diez años. O, en la época fea, de las peleas entre papá y mamá, a los gritos desde la otra habitación, y nosotros llorando bajito los tres juntos, mirándonos con las manos tapando nuestros oídos y afirmando con la cabeza porque sabíamos que se estaban peleando, como tantas veces.

Y también me acuerdo, varios años después, de Alejandra y yo, adolescentes, escondidos en mi cuarto haciendo el amor, esas primeras pruebas de sexo casi infantil, tímido y exploratorio, con la luz apagada. O de mi traje para ir a la iglesia, colgado en un perchero sobre la pared, que al final nunca llegué a usar.

La idea era alquilar el departamento para ir pagando parte de las cuotas de mi nueva casa. Por eso el lunes, no bien salí de la oficina, fui a la inmobiliaria de la vuelta a hablar con el tipo. A partir de ahí me dediqué a ordenar las cosas en el departamento nuevo, un poco con automatismo, un poco con expectativa. Todo se había ido al carajo desde aquel momento impronunciable, y me sentía muy solo. Me gustaba pensar y me refugiaba en la idea de que Ale estaría ahora con papá y mamá, mirándome y cuidándome de alguna manera, desde allá arriba.

El nuevo departamento era más grande, y me daba sensación de vacío. Pero apenas lo fui a ver, me gustó y acepté. Gaby me ayudó a elegirlo, porque la verdad es yo tampoco estaba en condiciones de complicarme demasiado. Pese a la comodidad de este nuevo lugar, y a pesar de que regalé la cama anterior porque no podía soportar la idea de dormir sin Alejandra, la primera vez que me acosté en la nueva sentí con más vértigo ese vacío exasperante. Unos ojos muy fijos, suspendidos en el aire, me observaban desde el costado.

Un mes después seguía sin poder alquilar el departamento. Entonces decidí ir a verlo para ver si hacía falta retocar algo. Salí tarde del trabajo, un viernes, y cerca de las ocho de la noche entré al edificio. Cuando el viejo ascensor de hierro llegó a nuestro piso, en medio de aquel silencio típico de los edificios grandes y antiguos, sentí el eco de unos sonidos, tal vez exclamaciones, de gente riéndose o llorando, en algún lugar del piso. Me pareció raro porque casi todos los vecinos del pasillo eran gente mayor. Además, ya era de noche y hacía un poco de frío. Miré por el ventanal por si alguien estaba asomado a las ventanas del contrafrente, pero no había nadie.

Como el palier que daba a mi puerta no tenía luz, me fui acercando a tientas hasta mi departamento, con cuidado de no tropezarme. Y entonces volví a sentir esos ruidos de gente, unas voces que se interrumpían, alguien riéndose o llorando. Solamente ahí pude distinguir con claridad, tras un segundo de duda, que venía de mi propia casa.

Me recorrió un escalofrío, y de puro miedo contuve la respiración. No estaba seguro, y quise comprobar: avancé despacio, tratando de guardar la calma, y me detuve a uno o dos pasos de la puerta. Sigilosamente, puse la oreja contra la madera fría: unos gritos y exclamaciones se intercalaban dentro de mi propia casa, donde era imposible que hubiese alguien.

No supe qué hacer. Pensé en golpear fuerte, como para espantarlos, pero nada me parecía más absurdo. Pensé que tal vez podía ser el de la inmobiliaria con alguien más, pero intuí que no. Lo más chocante era que no parecían molestos por dejarse oír. ¿Cómo podía ser que el de la inmobiliaria no supiera? Empecé a pensar lo peor del tipo. Todos los razonamientos afluían muy rápido, y mi corazón bombeó cada vez más fuerte.

¿A quién llamar? ¿A la policía, al portero? ¿A quién? Estaba paralizado. Por la cerradura se filtraba un haz de luz, y yo -recordé, como para comprobar una vez más que esto era cierto- había dejado la casa apagada. Acerqué la vista al ojo de la cerradura, pero algo del otro lado, cercano a la puerta, me tapó. Se movía. Ahí mismo me enfurecí, y tuve el impulso, la necesidad inmediata de entrar y ver. Así que en la oscuridad busqué el llavero tratando de evitar los chasquidos, saqué de mi bolsillo el cortaplumas por si cualquier cosa, contuve la respiración, y metí bruscamente la llave en la cerradura.

Abrí la puerta y de inmediato vi, en medio del pasillo, a un hombre agachado que, sin dar cuenta de mi existencia, y gritando de euforia, sostenía de ambos brazos a un chiquito tambaleante:

—¡Miren, miren, camina, camina!

El chiquito parecía compenetrado en la prueba. Por atrás fueron apareciendo otras personas. No entendí nada, ni siquiera se percataban de que yo había entrado.

Me detuve un instante, mirándolos fijo, porque entonces los reconocí, y un segundo después, al comprobarlo, me dio un intenso dolor en el pecho; me sentí débil, como si fuese a desmayarme, y fui cayendo de espaldas contra la puerta mientras entendía, sin poder creerlo, la escena que estaba contemplando: porque aquel hombre agachado era mi papá, y ese chiquito era yo.

—¡Vení, Marti, rápido! ¡Vengan a ver!

La nena era Gabriela, mi hermana; el chico, como de diez años, era Juancho, el mayor de los tres. Ambos en piyama. Y mamá, mi madre, vestida de entrecasa. Miré el lugar: el reloj vertical de madera funcionaba, y todo estaba otra vez ahí, como dos semanas atrás, pero limpio y alegre, como muchos años antes. La biblioteca del pasillo rebozaba de libros. Me miré en ese chiquilín, que avanzaba pasito a pasito. Al instante recordé las fotos del álbum familiar sobre aquella vez, y en ese preciso segundo mi mamá corrió a la habitación y volvió con la cámara, poniéndose delante de mí para sacar la foto que yo vería años más tarde, y que ahora, frente a semejante realidad, me parecía un papel obsoleto. Me picaron los ojos y las lágrimas me nublaron la vista. Me arrodillé, sin poder creerlo, delante de mí mismo.

—¡Muy bien, Lucas! —me gritaban todos.
—Ahora lo voy a soltar —gritó papá
—¡No, no lo sueltes! —reaccionó mamá
—¡Sí, soltalo, soltalo! —exclamaron mis hermanos a coro.

El aspecto del chiquito era el de un combate durísimo contra la gravedad. Se mordía el labio inferior con sus dientes ínfimos. Papá, veinte años más joven y sin bigote, lo soltó, y después de tambalearse un poco, finalmente ganó equilibró, hasta que empezó a dar pequeños pasos. Entonces mamá se interpuso entre él y yo, de espaldas a mí, y lo esperó: tenía que andar dos metros solito hasta sus brazos. Caminó medio metro y se cayó de frente, de un terrible golpe. Se echó a llorar y mamá lo levantó, lo consoló con muchos besos, diciéndole mi chiquito, no se preocupe, mientras papá le decía no pasa nada, no pasa nada, y le daba aliento para que siguiera.

Entonces me acordé del diente partido. Nadie lo había notado hasta un rato después. Todos quisieron que lo intentara de nuevo, y en la ansiedad por lograrlo, dejé de llorar. Otra vez el suspenso, el silencio y la expectativa, mientras cruzaba el océano, los dos metros que me separaban entre mamá y papá, caminando contra ese balanceo horrible que me desestabilizaba, avanzando un paso, y luego otro, y luego uno más, y casi el último, ya emocionado, casi victorioso, todos alentándome, hasta que empecé a sentir que me caía en el medio del último paso, y en ese momento me lancé sobre mamá, que me recibió con sus brazos enormes a los gritos, y en la emoción, todos me abrazaron y me llenaron de besos.

Esa noche, pese a la caída y el diente partido, aprendí a caminar. Me acostaron a las nueve y mis hermanos se quedaron leyendo en la cama. Mamá conversaba con papá en la cocina, tomando un vaso de vino. Hablaban de las vacaciones, y supuse que estarían en primavera, en especial porque no bien entré sentí un calor liviano, ajeno al invierno de la realidad exterior. Los vi contentos por mi paso al mundo de los caminantes, y porque simplemente parecían estar bien. Verlos ahí era mirar una película, un mecanismo que funcionaba solo, pero donde yo estaba adentro.

Ahí entonces volví en razón. Esto era de una irracionalidad absoluta, y a la vez era tan real que me asusté, pensando en que a lo mejor estaba alucinando. Seguro que estaba alucinando. Por eso quise irme de inmediato, para salir de ahí. Me alejé de papá y mamá caminando hacia atrás, casi con la sospecha de que algo fallaba en el universo de mi cerebro. Me dirigí a la puerta, cada vez más alarmado.

Pero cuando tomé el picaporte, la puerta no abrió. Busqué el llavero, pero no tenía nada. Traté de forzar la puerta. Rígida. Inmóvil. Intenté hacer memoria. ¿Había cerrado con llave? No. Esta situación es imposible, pensé. Volví sobre mis pasos. Mis padres se iban yendo a la cama. Les hablé, les exclamé, pero no me oyeron. Cuando intenté empujar a papá, pasé de largo en el aire. Volví corriendo hacia la puerta como una bestia, y la embestí con una fuerza desesperada, provocando un estampido que tenía que haber alarmado a todo el edificio. Estaba encerrado. Otra vez tiré del picaporte. Nada. Golpeé la puerta muchas veces más y grité:

—¡Alguien! ¡Vengan! ¡Me quedé encerrado! ¡Por favor!

Hice un escándalo que luego me pareció infructuoso. Grité hasta quedarme afónico, y los alaridos se transformaron en un llanto. Esto es una locura, repetí, dándole puñetazos a la puerta. Nada, nadie venía ni oía nada.

Entonces me quedé ahí, tirado contra la puerta, buscando aclarar la cabeza. Cerré los ojos y poco a poco me fui hundiendo en esa oscuridad, esperando pensar más tarde en qué hacer.

De pronto, alguien abrió la puerta y una luz me encegueció. Era mamá. Se acercó a la cuna, me alzó, y la abracé. Atrás vino papá con la mamadera.
Ignacio Albornoz

Fotox un pars. Hostellum Sabaticum.





sábado, 13 de septiembre de 2008

Pequeño Brumario

A John Kennedy Toole

El compañero Santiago Lucano, veintitrés años, seis de militancia y un precoz lugar en la dirigencia ganado por su proverbial capacidad discursiva, se dirigió a la multitud, subido cuatro escalones, en medio del revoltijo de la gente y de la ansiedad de la tarde.

-¡¡Compañeros!! –tronó haciendo eco, y el público aplaudió al distinguir su voz- ¡Compañeros! ¡Por favor, silencio!

Las cientos de cabezas que lo miraban empezaron a callarse poco a poco; más atrás, a unos cien metros, algunos bajaron unas banderas y pancartas que tapaban la vista de aquellos más al fondo.

-¡Compañeros! Estamos transcurriendo horas agónicas –afirmó, con la voz amplificada por el micrófono y por su garganta, mientras una gota de transpiración le bajaba por la sien-. Horas en las que las decisiones del pueblo de los trabajadores determinan el futuro. Nos vemos una vez más amenazados por actitudes reaccionarias de un gobierno fascista ¡que está dispuesto a estupidizarnos con el único objetivo de satisfacer sus propios intereses!

La gente explotó en un aplauso cerrado. Desde algún lado le acercaron un vaso con agua y lo terminó de un solo trago. Esperó a que bajara el aplauso y continuó:

-Nos toman por tontos, por alienados sin conciencia de sí mismos; se creyeron que nos iban a derrotar... Pero no saben que los estudiantes y trabajadores tenemos la fuerza que nos da la verdad del pueblo... Después del cacerolazo, ¡vamos a convocar a un Argentinazo! -proclamó, con los ojos inyectados y las venas sobresaliendo en su cabeza.

En ese momento se sintió un ruido mecánico y opaco. El compañero Lucano y toda la cúpula buscaron con la mirada para ver de dónde provenía. El desconcierto se tornó enojo; algo extraño había distraído la atención del público. De pronto, a unos tres metros, al lado del escenario, apareció Marta Rufino, vestida de trabajo.

-Santiago, ¿qué hacés ahí parado en la escalera? ¿Vos estabas hablando solo?

El compañero Lucano no respondió, indignado, sin saber cómo manejar la situación. Luego, ella avanzó sobre la multitud.

-¡Mamá! ¡Estás pisando a mi público! –estalló, enceguecido.

Ella frenó y se quedó mirándolo.

-¿Otra vez con esa estupidez? Santiago, tenés veintitrés años, son las dos de la tarde, no puede ser, me hacés preocupar. Ya te dije que te empieces a buscar un trabajo. Ahora bajate de ahí y poneme por favor la pava para el mate. Voy a dejar las cosas en mi cuarto.

La contrarrevolución puede tomar las formas más insospechadas y grotescas, pensó el compañero Lucano. Busca ridiculizar a los líderes populares frente a la masa para desmoralizarlos.

Por suerte esto había sido sólo un ensayo, pero aún así, cuando practicaba sus discursos llegaba a estados de concentración tan profundos que por un momento perdía la cabeza y sentía que era real. Sólo el desaire de una proletaria que ha perdido su autoconciencia podía hacerle desvanecer la magia de su entrenamiento.

Se bajó de la escalera, y pidiéndole disculpas al público por semejante bochorno, avanzó a la cocina todavía excitado y furioso. Llenó la pava, la puso de un golpe al fuego, después fue a su habitación, sacó su campera verde del armario y salió de la casa sin saludar, ofendido, rumbo a la facultad, donde lo esperaba una movilización multitudinaria para la que, contando a los del partido, aguardaban como mínimo cincuenta personas.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Semblanza de un invitado

Ssssamigos:

Les brindo aquí una pequeña pieza pergeñada por mi amigo Atilio. Me gustó tanto que quise publicarla aquí, como si eso significara algún tipo de honor para él, pero que en realidad es el mío. Que lo disfruten.


Mi vida: un ensayo autobiográfico

Por Atilio Grimani

Me propongo, en este trabajo, esclarecer ciertos aspectos de mi existencia que han permanecido ocultos a través de los años. Los momentos más importantes de mi niñez, que contribuyeron a conformar mi psiquis actual, serán enumerados. Nos interiorizaremos en la relación con mis padres, demostrando que son exageradas sus teorías que argumentan que podría haber sido un gran médico. Por último, abordaremos el tema desencadenante de mi realidad actual: Bárbara y el por qué estudio derecho.

Si hablamos de hechos importantes, la muerte de mi tortuga, Josefa, en manos de un albañil miope que la aplastó con un balde de cemento, me afectó desproporcionadamente. Fue este acto el que condicionó, en mis primeros años de vida, la forma de relacionarme con los integrantes de tan noble rubro, y no una injustificada sensación de superioridad, como han insinuado mis detractores.

Unos años después, a la edad de once, me vi ante un dilema moral que serviría de cimiento a la estructura de valores que mantengo hasta hoy. Cierta tarde entré al almacén de mi cuadra y quede paralizado por el miedo: ante mí se encontraba el mismo hombre que había asesinado a mi mascota tantos años atrás; junto a él, un niño de mi edad robaba galletas de un jarrón de vidrio. Cuando la dueña del establecimiento descubrió la falta de las galletas, acusó de inmediato al desprolijo obrero. He aquí la disyuntiva que se me planteó: callar y vengar a mi mascota, o decir la verdad y salvar al causante de mis mayores miedos. Estaba claro para mí que sólo había una respuesta posible. Al instante le indiqué a la poco observadora almacenera cómo las migajas caían del bolsillo del muchacho.

Si bien mis actos de justicia siempre impresionaron a mis padres, éstos nunca se plantearon otra carrera para mi futuro que no fuese la de médico. Fue así como, desde muy pequeño, intentaron inculcarme la profesión que ellos siempre amaron. Mis primeras posesiones terrenales fueron -en orden cronológico-: un estetoscopio, un guardapolvo y una jeringa de plástico. Nadie se hubiese extrañado si mi destino se hubiese alineado con el de Hipócrates y Maimónides, pero estaba claro para mí que yo debía seguir los pasos de Perry Mason. Apenas cumplidos los diecisiete años me llegó el momento de anotarme en el CBC, y mientras hacia la cola conocí a Bárbara.

De la misma forma en la que todo el tiempo supe que el derecho era mi vocación, nunca tuve dudas de que Bárbara me haría perder la cordura para siempre. Comenzamos a salir pocas semanas después de rendir el examen final de Derecho Privado A, y ya nunca nos separamos. En el transcurso de tercer año se dio el momento de conocer a su familia. Imaginen mi sorpresa cuando, al ver a su padre descubrí que era Rubén, el mismo hombre que había asesinado a mi tortuga y al que yo había salvado de la furia de la almacenera.

En conclusión, de mis experiencias de niño y adolescente se desprende mi gran sentido de la justicia, y podemos ver cómo el derecho me deparaba, sin que yo lo supiese, las mejores cosas de mi vida. Asimismo, está comprobado que mis padres estuvieron siempre equivocados en cuanto a mi futuro. Equivocación reafirmada en el hecho de que nunca hice caso de sus regalos, mientras que jugaba a ser juez y parte en el patio de mi casa.

martes, 2 de septiembre de 2008

Fotos intervenidas








A mi amiga Mariana, y otras yerbas.