sábado, 23 de agosto de 2008

Hambre (un cuento nuevo)

Dedicado a un amigo...

Hambre

Se despierta tirado en el sofá, con la ropa arrugada, transpirado, y ve que la ceniza desborda el cenicero, y que ya no quedan más pastillas. Mira la hora y nota que son las seis de la tarde. Ahí siente la picazón: es un hambre terrible. Se levanta y abre la heladera para comerse de parado el sánguche de milanesa con tomate, lechuga, huevo, panceta y cebolla que se compró preventivamente. Lo liquida en pocos minutos pero sigue con hambre, así que decide bajar a la rotisería para completar con dos o tres empanaditas.

En la rotisería se le ocurre que además de las empanadas puede llevarse un pote de arroz con pollo para la noche, y una isla flotante que aparece muy tentadora en el mostrador. También se lleva una coca de litro y unos scons para después, no sea cosa de quedarse sin provisiones.

Cuando vuelve al departamento suena el teléfono y es la tía Ofelia. La conversación es larga, más bien un monólogo de tía Ofelia bastante poco interesante, y tiene que sentarse. Como se aburre, empieza a jugar con una birome. Cada tanto dice “ahá” o “sí, sí” mientras hace rayitas y casitas con cruz, y muy pronto se aburre también de jugar con la birome.

Entonces se da cuenta de que el hambre que tiene es más bien de dulce, así que se arrima un poco la bolsa de la rotisería, saca el paquete con los scons y los picotea mientras Ofelia habla y habla. La verdad es que como nombre, piensa, Ofelia es un horror; parece mentira que en pleno siglo XXI alguien pueda llamarse así. Piensa y se detiene. Como no hay más scons y sigue con hambre, avanza sobre una de las empanaditas.

A la quinta empanada su hambre todavía en pie le empieza a llamar la atención. ¿Será ansiedad oral?, se pregunta, mirándola antes de liquidar la última, y de ver que el arroz con pollo está tan lindo, ahí al lado de la isla flotante. Es que no sabe por cuál empezar. Por suerte la tía Ofelia se cansó de que oír monosílabos y cortó. Ahora de pronto se siente desorientado, como si algo lo hubiera sacado de otra cosa que realmente estaba haciendo y no sabe qué es. En el reloj de la cocina dice que son las siete y cuarto, y se pregunta cómo será que pasa tan rápido la hora.

Sí, por más que piensa no logra entender cómo es que hace más o menos quince minutos nomás eran las seis y ya son las siete y cuarto. Mientras tanto saca el cuchillo y el tenedor del cajón de la cocina, y se dice a sí mismo que si el tiempo sigue pasando así, en cualquier momento van a ser las nueve de la noche. Entonces pone el arroz con pollo en el microondas y va al baño a lavarse los dientes. Camino al baño se golpea contra el marco de la puerta y se tiene que corregir. Nunca logra evitarlo. Se pone a hacer caras en el espejo, se queda un rato haciendo nada, y al salir se da cuenta de que olvidó lavarse los dientes. Entra de nuevo.

Al volver del baño ve que el reloj de pared la cocina ahora marca las ocho y cuarto. Es evidente que el aparato tiene un problema: se sube a una silla y lo baja para apoyarlo en la mesa. Lo mira. Lo mira finito, lo escudriña, trata de distinguir la velocidad con la que avanza el minutero, pero nada parece fuera de lo normal. No puede ser que sean las ocho y cuarto, aunque es evidente que ya se hizo de noche y tampoco pueden ser las siete y cuarto de la tarde porque el sol no jode: o está, o no está. Y ahora no está.

Ese pensamiento lo inquieta y de pronto mira a su alrededor con suspicacia, como si algo, algún objeto de su casa supiera un secreto que a él no le contaron. Es raro: por momentos su casa se pone un poco más roja que de costumbre, aunque es sólo una sensación momentánea. Lo que más le llama la atención es la velocidad con la que pasa el tiempo.

Ahora tiene hambre: mira a la mesa y ve que alguien dejó ahí una formidable isla flotante. Parece mentira, porque se comería a una familia entera y es increíble que haya ahí una isla flotante con muy buen aspecto. ¡Una isla flotante! ¿Quién habrá sido el genio que la puso ahí? Se diría que está ahí a propósito, como carnada, y él va a atacar gustoso, sin miedo a caer en la trampa. Es más, si es una trampa él dice pido gancho para ganar tiempo mientras termina de comerse la carnada.

Cuando deja de pasar el dedo a la espuma que dejó la isla flotante, mientras analiza con atención el reloj de pared que está en la mesa, se empieza a sentir pesado. Quiere ir al baño, pero no sabe bien para qué, porque tiene un poco de náuseas pero también tiene ganas de lo otro. ¿Es posible, digamos, o natural, tener hambre, y ganas de ir al baño al mismo tiempo? Como no logra resolverlo, decide tomarse un ácido y llamar a un par de chicas. Llama a un número, y las chicas no tienen problema en venir a domicilio, así que les pasa la dirección.

Por el diálogo en el teléfono, nota que tiene la lengua pastosa, tal vez un poco lenta, y que no se acuerda para qué vino al baño. Se está mirando al espejo desde hace un rato, tiene el teléfono en la mano y se analiza las facciones. Ahora está con hambre y va hasta la cocina a buscar algo en la heladera. No hay nada. Puta carajo. Siempre lo mismo. Va a tener que construirse seriamente la costumbre de ir día por medio al súper, sí o sí. Busca uno de los imanes de la heladera y se deja tentar por la casa de pastas. Ahora llama a la casa de pastas pero lo atiende un contestador que dice que el horario de atención es de lunes a domingo de quince a veintitrés treinta horas. Se queda pensando, porque juraría que está dentro del horario de atención de la casa de pastas.

Cuando entonces mira el reloj de pared y ve que marca las diez y veinte, empieza a sospechar de que sus sentidos lo engañan. O que alguien le está haciendo una joda. Ahora prueba con la pizzería. Llama y por suerte le contesta un tipo, entonces pide una grande de napolitana y una cerveza.

La pizzería debe andar con poco trabajo, porque a los tres minutos ya suena el portero. Baja a abrir y no hay nadie más que tres chicas paradas. No se le ocurre cuál de sus vecinos puede estar esperando a semejantes mujeres, pero las deja pasar al palier mientras mira hacia la calle exrañado porque el de la pizzería se haya ido. Sale a buscarlo pero a la media cuadra se vuelve porque a lo mejor el de la pizzería viene por otro camino. Cuando llega, ve a las mismas chicas todavía ahí. Les pregunta si no quieren tomar algo en su casa mientras esperan a que el vecino les abra. Las chicas aceptan. Algo le dice que su vecino es medio idiota.

Al subir va al baño de nuevo y mientras se aburre en el inodoro, empieza a cantar. Primero bajito y después más fuerte. Alguien se ríe del otro lado. Después oye que suena el portero. De un grito le pide a alguna de las chicas que le atiendan; una parece que se acerca a la puerta del baño y desde el otro lado le contesta que es de la casa de pastas. ¿De la casa de pastas?, pregunta él, para verificar si oyó bien o si se lo está imaginando. Sí, contesta una de las chicas, dice que pidieron dos lasagnas mixtas a tu nombre. Antes de analizar cómo es posible eso, resignado, le pasa un billete por debajo de la puerta. La chica le dice que con eso no le va a alcanzar para nada y a él le sorprende lo cara que está la comida a domicilio. Así que le pasa otros dos billetes y por favor que sea el fin, piensa, porque además ya se le está acabando la plata.

Hay varias cosas que no termina de entender. Primero, no entiende de dónde es que lo conocen las chicas. Segundo, lo de la casa de pastas lo tiene realmente intrigado. Tercero, el vecino de al lado es un pelotudo con todas las letras.

Sale del baño y ve que dos de las chicas se aburren y la tercera está aspirando una línea de cocaína sobre la mesa mientras sostiene un vaso de cerveza, y le informa que puso las lasagnas a calentar en el horno. Él le pregunta si tiene una línea más para él, y la chica contesta que no hay problema, y le arma dos líneas más. Se toma las dos líneas y suena otra vez el portero. Quién carajo puede estar tocando a esta hora.

La misma chica le ofrece bajar a abrir y él recuerda que es la misma voz a la que le dio la plata. Algo en su buena onda le parece un poco forzado, y por un momento, duda de ella. Como igualmente no le importa, le acepta y la chica se va. Ahora tiene hambre: busca en la heladera para ver qué hay y no hay nada. La puta que los parió, otra vez igual. Las dos chicas están paradas mirándolo, y a él de pronto le dan como ganas de cogérselas. Se pregunta si se ofenderán si les dice de irse ya mismo a la cama con él, y las chicas parece que no se ofenden. Hoy está más atractivo que nunca.

Pero antes va a pasar por el baño. Les pide que se queden un segundito, y las encierra en el cuarto con llave, medio en broma, medio en serio. Va al baño y se sienta en el inodoro pero no pasa nada. Se arrodilla frente al inodoro y tampoco pasa nada. Abre un cajón y saca pastillas. Se toma cuatro y se queda un rato esperando. Se impacienta, y toma dos pastillas más. Después se empieza a quedar dormido frente al inodoro, hasta que siente que del otro lado alguien está tratando de abrir una puerta por la fuerza, y grita algo. Pero tiene sueño, muchísimo sueño y se recuesta en la bañadera, esperando a que le vengan ganas de una cosa o de la otra. Al rato se despierta y oye que suena el teléfono. No sabe ni qué hora es, pero el teléfono le parece lejísimo. Un momento después suena el celular y alcanza a manotearlo. Es una vieja que dice ser Lucrecia, la vecina del quinto, que dice que alguien llamó a la policía y denunció un secuestro de dos personas en su departamento. El pregunta si es una joda o qué, y Lucrecia contesta que debe ser un error, pero que no podía no llamarlo porque están tocando a la portería los policías.

Después de cortar con Lucrecia no recuerda qué es lo que acordó hacer con ella, y decide ir a buscar algo a la cocina porque ya recuperó el hambre. Con alegre sorpresa, nota que en el microondas hay un arroz con pollo completo que quedó de alguna vez, y de golpe se pregunta qué fecha será hoy, porque está amaneciendo, pero no sabe de cuál día. Después va hacia su habitación y la puerta está cerrada. Abre con una llave que tiene en el bolsillo y ve a dos chicas de cara conocida, sentadas, que parecen sorprendidas. El se les queda mirando mientras come su arroz con pollo y se pregunta qué pasará. De inmediato una de las chicas avanza a los trancos y le da un cross derecho que lo sienta en el piso. El arroz con pollo sale disparado en todas las direcciones y el plato se parte en pedazos. La otra chica viene por detrás y le pega un patadón en las pelotas que lo deja sin aire.

Cuando recupera la respiración, caído en el suelo, y termina de irse el infinito dolor de huevos, le vienen ganas de vomitar. No hay mal que por bien no venga. Corre al baño y larga todo lo que tiene, que parece bastante. Está transpirado. Se levanta un poco del inodoro, después de dos o tres volcadas, y nota que detrás de la cortina de la ducha hay un bulto dentro de la bañadera. Corre la cortina y ve a una chica que le resulta conocida, con mucha cara de puta, en convulsiones, temblando como alguien con Parkinson. Sobre su cara se desparrama algo que parece cocaína, y no para de temblar como si estuviera poseída. Él primero se ríe, pero luego entiende que no está bien que ocurra eso. Prueba la cocaína pegada en el cachete y está buena. Va a buscar a las otras chicas para avisarles, pero ya no están en la habitación. Entonces llama por teléfono a la policía para denunciar que hay una chica está pasada de cocaína en la bañadera de su casa... En la mitad del enunciado corta, porque tal vez no sea la mejor idea.

Así que como no sabe qué hacer por ella y se siente un poco débil después de vomitar tanto, la mete en una bolsa de consorcio, arrastra la bolsa por el pasillo y las escaleras hasta la puerta de calle, donde se amontonan las otras bolsas de basura; luego vuelve, se enjuaga la boca, agarra las llaves de su casa, y molesto por el olor a quemado que puebla el departamento y que no sabe de dónde viene, sale a tomar un poco de aire fresco, ya que el día está tan lindo y de paso puede almorzar algo por ahí.

3 comentarios:

{ § } dijo...

Felicitaciones, lograste un cuadro auténticamente desesperante.
Plus, admirable uso de lo escatológico, as usual...

Magu dijo...

Hijo de puta, estas limado! Realmente, muy bueno. Me encanto como al flaco no le importa nada. Un abrazo

Anónimo dijo...

Q problema ese reloj!!!!!!!!!! Se, el tiempo no es el mismo hace tiempo