sábado, 26 de julio de 2008

Sin título

Bajó a la calle decidido, casi con violencia, sosteniendo una valija negra. Caminó por la vereda -muy concurrida- unos cincuenta metros hasta la esquina y se detuvo. Levantó la cabeza hacia alguna de las ventanas del edificio de enfrente y miró la hora.

Menos de un minuto después, entre la gente que caminaba a paso ligero por la esquina de enfrente, apareció una mujer de vestido celeste con un carrito. Cuando llegó al borde de la esquina se detuvo. En ese momento, él dejó la valija apoyada en el suelo y cruzó la calle. Un instante después, la mujer cruzó con el cochecito en sentido contrario –no se miraron-, tomó la valija negra sin hacer ningún gesto, y la colocó dentro del cochecito. El hombre desapareció por la misma esquina donde había aparecido la mujer, y ella caminó en dirección al lugar desde donde había venido él.

El diariero de la cuadra vio toda la secuencia, y ahora le comentaba de sus sospechas a un cliente que esperaba por su ejemplar de Clarín.

-Mire mire, ahí pasa algo raro.
El cliente lo miró distraído.
-¿Qué cosa? ¿Cuánto es, jefe?
-Mire, mire, la señora, la del carrito, ¿vé que hace algo raro con la valija?

El cliente se dio vuelta sólo un segundo, a desgano, y se volvió.
-Jefe, ¿cuánto era?

Y entonces sonó el estruendo. Y la explosión.

Los medios anunciarían después cuarenta y seis muertos, quince desaparecidos y sesenta y nueve heridos. Entre los heridos estaba el diariero. Y el cliente. La onda expansiva los hizo volar y estrellarse contra el parabrisas y el capó del Duna que estaba a seis metros. El edificio hacia cuya ventana había mirado el hombre ahora era una enorme voluta de humo mezclada con polvo de cemento caliente.

Se llenó la esquina, corrieron personas como hormigas, hubo gritos desaforados, desborde de llantos. Sonaron sirenas toda la mañana y toda la tarde. La cuadra fue vallada.

Para entonces, él ya volaba a Posadas en el 2867 de Aerolíneas. Pasaporte uruguayo, valija marrón oscuro. Cuando bajó del avión lo esperaban unos hombres con un cartel que decía “Sr. Ordaz”. Se acercó a los hombres sin decir nada y caminó detrás de ellos hasta el estacionamiento. No necesitó adivinar cuál era: un Audi gris oscuro, bien diferente al resto. Estos tipos se creen muy Hollywood, pensó. Adentro del auto lo esperaba un hombre flaco, de aspecto desgarbado, su traje sin planchar. Cuando entró, le dio un celular abierto.

-Hola...
-Felicitaciones, Ordaz. Usted ya es noticia de los diarios.
No contestó.
-Igualmente -siguió el otro- le dije que el vestido de la mujer tenía que ser rojo. Tenía que llamar más la atención.
-¿Cómo dice?

En ese momento sintió un tirón muy fuerte hacia atrás, en la garganta, y se quedó sin aire. Después de forcejear un poco, el hombre del traje arrugado esperó quince segundos más trabando con toda su fuerza hasta que sintió que aflojaba, lo tumbó contra el asiento y recogió el celular.

-Listo, Señor. Asunto terminado.
-Perfecto, Gutiérrez.
-Soy Fernández, señor.
-Como sea, saludos.
Y cortó la comunicación.

La mujer del traje celeste llegó transpirando al departamento. Sin la calma de antes, largó el cochecito, cerró la puerta, buscó la valija, la abrió y vio, con los ojos desorbitados, los fajos de billetes. Entonces se sentó en el sofá para respirar hondo.

Lloró.
Casi en silencio, lloró como si quisiera evitar que alguien la oyera. Las cenizas se le habían impregnado en el vestido.

Desde la calle subió el rumor de bocinas y gritos. El departamento se le hizo extraño. Pensó en bañarse pero estaba todo sucio. Vio un diario apoyado en la mesa de la sala y fue a buscarlo. “Domingo 24 de mayo de 2009”, leyó: el diario de ayer. El hombre había estado el día anterior, había descansado, había comido y leído el diario en ese departamento. La sensación de incomodidad fue más nítida. Pensó en bajar a la calle pero reprimió el impulso.

Entonces agarró el teléfono, marcó el número que tenía anotado en el papel, y sin siquiera un “hola”, dijo:

-Los voy a mandar en cana, hijos de puta. No me dijeron nada. Van a ir todos en cana.

Entonces se quebró y colgó de un golpe.

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