Está contento esta mañana. Se despertó con el ánimo lleno de espíritu, besó a Carolina en la cama, y ahora se prepara el desayuno con paciencia, mientras ve que la luz del sol entra de lleno por la ventana, para darle a la cocina ese tono blanco y refulgente de día nuevo.
Luego sale a comprar facturas a la esquina y vuelve con el diario en la mano. Todo en orden, lo de siempre. Pero aunque se sabe un tipo con sensibilidad social, leer el diario no lo amilana. Al contrario, está lleno de energía positiva, se siente ancho, y piensa que cada cual tiene que aportar igual su grano de arena.
Al salir de casa con el uniforme puesto y el gorro bajo el brazo, nota que el jardín de adelante está inundado del aroma a la flor de los azahares. Y mientras asoma la trompa de su Ford a la calle verifica que el auto negro está inmóvil ahí en frente, con los vidrios polarizados y ese aire de película de mafiosos. Por el día, calcula que deben ser Vommaro y Rodríguez. Así que saluda con la mano como si los viera; luego ingresa el auto al asfalto y arranca.
Mientras conduce por calle Paraná hacia el Acceso Norte, se siente risueño. En la radio se abre una pieza de ópera que le suena pero no se acuerda del nombre. Lo seguro es que es un aria, y el que canta es Enrico Caruso. Eso sí. Pero no se acuerda de cuál aria. Al subirse a la autopista toma la mano a Capital. Entonces se acuerda de las facturas que se trajo de casa y el mate que le preparó Carolina mientras él alzaba a Joaquín para despertarlo y despedirlo con un beso.
Algunos minutos después, al llegar al aeropuerto, saluda al chico de la casilla mientras ve por el retrovisor el auto negro, pegado atrás.
Son las ocho y cinco de la mañana, San Fernando es un desierto absoluto.
En el Hangar 4 lo esperan con el plan de vuelo y los códigos en mano. La Pitonisa parece nuevita, esta vez la lustraron con ganas. Es un Embraer de los que compraron en 2004, pero parece de anoche. Ahí también aparece Gerardo.
-Cómo estás, Mario, ¿descansaste? –le pregunta, gorro y portafolios en mano.
-Qué tal, Gerardo. Sí, descansé, pero igual me dormí un poco tarde, sigo con el sueño cambiado. Así que hoy vamos a repasar instrumentos dos veces, ¿te parece?
-Perfecto, de acuerdo.
Pero realmente comienza a disfrutar cuando ve que llega la comitiva. Son pocos, pero muy pesados. Un ardor silencioso le sube por el pecho mientras los saluda. Que no lo traicionen los nervios, quiere que las cosas salgan muy bien. Cómo le va, doctor, qué gusto conocerlo, el gusto es mío, capitán, me han contado que usted es uno de los mejores de toda la fuerza, espero que tengamos un buen viaje. No se preocupe, señor, cuando llegue va a creer que nunca salimos.
Ahora están parados en la punta de la pista con los motores antes del decolaje. Gerardo, a su lado, tararea una música parecida a la que sonaba en su auto y sólo se interrumpe para leer en voz alta el checklist. Él está muy concentrado en la pista, en presurizar la cabina, en levantar los motores, carretear por la pista, alcanzar la inclinación correcta y en llevar la nave muy de a poco hacia arriba. Hay viento oeste a treinta grados y no quiere que la Pitonisa corcovee.
Todo sale perfecto. Llegan a quince mil pies sin sacudidas, el cielo está despejado, según torre de control la ruta no presenta mayores complicaciones. Y la azafata, la linda, le trajo lo que le pidió.
Sin embargo, cuando alcanzan crucero, en vez de relajarse, empieza a ganarlo una cierto malestar. No es tan sencillo ser consciente que durante un rato, la vida del Presidente de la Nación, de sus dos ministros clave, y de tres de los empresarios más fuertes del país están en sus manos. Es una tremenda responsabilidad, y la está sintiendo sobre el pecho.
Y en especial cuando todos estos son una manga hijos de puta. Es complejo sentir esa ambigüedad. Está por comentarlo con Gerardo, para ver qué piensa él, pero Gerardo le está hablando de la azafata del 674 que se bajó antenoche en la sala de tripulantes.
Y se lo cuenta mientras juega con su anillo de oro de la mano derecha.
La verdad es que no tiene tanta confianza con Gerardo para ese tipo de comentarios, y lo que escucha tampoco le hace mucha gracia. No es que lo condene, claro, estas cosas pasan todo el tiempo, y que levante la mano el que no lo hizo nunca, pero la forma en que se lo cuenta y algo en la configuración de la escena lo joden.
-Bueno, y el pelotudo del marido que la llamaba todo el rato. Pobre tipo.
Le jode lo que acaba de escuchar. La verdad que Gerardo a veces es medio imbécil. Es que sí, le jode. La verdad es que lo jode. Él y toda la manga de hijos de puta que tiene ahí atrás, zafando de que los metan presos sólo gracias al poder que tienen.
-¿Me estás escuchando? –pregunta Gerardo.
-Sí, sí.
-Te estoy contando de la pibita ésta.
-No, sí, dale, seguí.
Justo en ese momento una zona de presión baja hace sacudir al avión y lo hace perder treinta metros, lo suficiente para que, como se imagina, los pasajeros se hayan cagado todos en las patas. Gerardo no dice nada pero él adivina lo que habrá sentido. Lo curioso es que cuando piensa esto, por alguna razón, se permite una sonrisa.
Siete segundos tarda la azafata en tocar la puerta de la cabina para preguntar si está todo bien, que el presidente se puso un poco nervioso. Que se quede tranquilo, responde él, decile que yo se lo garantizo, está todo perfecto.
Gerardo lo mira con sonrisa pícara, buscando su complicidad, pero él no le devuelve la mirada.
-¿Estás bien, Mario? Tenés una cara muy rara.
No le contesta.
Es que a Mario le pasa algo inexplicable, de golpe se siente oprimido, se le frunce el cejo. Es como si fuese un sentimiento de angustia profundo, mezclado con un enojo que lo perturba. ¿En qué segundo le cambió el ánimo?
Tal vez en el momento en que cayó en la cuenta de lo que llevaba. A lo mejor, piensa, ahora mismo están diseñando como robarse unos cuántos millones de un sólo golpe con algún plan social falso. Esta manga de jodidos.
No sabe que le pasa, pero la opresión y la bronca lo superan. Y al mismo tiempo, algo lo excita. Algo le brilla en los ojos, lo hace morder fuerte con los dientes, no sabe de dónde vino tanta calentura, pero lo único que atina a hacer es a descargarla de inmediato.
Por eso es que de inmediato toma el manubrio y pega un timonazo a la Pitonisa a babor, uno bien fuerte y violento, para oír el ruido seco de Gerardo, que golpea su cabeza contra el parabrisas y queda inconsciente. Oye los gritos de atrás al saltar la alarma y logra volver, no sin dificultad, el avión a su estado normal.
¿Por qué lo hizo? No lo sabe. Pero antes de preguntarse nada más, rápido, con el avión navegando por instrumentos, se echa hacia atrás, cierra con llave la cabina, se vuelve y pulsa el botón de apertura de la válvula de presurización de la nave. Se sorprende de su frialdad, pero no lo piensa, está actuando por puro impulso. Los primeros golpes e intentos desde el otro lado de abrir la puerta de la cabina –seguramente la azafata- son frenéticos. Luego se vuelven más espaciados. Ahí mismo aprieta el botón de apertura de emergencia de la puertas, y al mirar por el costado, ve que la misma puerta y dos de los tipos, junto con la azafata, salieron volando por el costado.
Los tipos llevaban traje.
Está empezando a divertirse. Pega otro timonazo para el otro costado, y la Pitonisa le responde muy ágil, apuntando para una picada. Empiezan a perder más altura, saltan las alarmas de nuevo. Mario se deleita imaginando la parte de atrás, se siente de nuevo un chico de diez años. Hasta se está riendo. Entonces se le ocurre que tal vez podría hablarles por los parlantes a los que quedan, si es que no se murieron de un paro cardíaco o se cayeron mientras él no se fijaba.
De cualquier forma no habrán prestado mucha atención, así que lo piensa bien y se decide a cerrar el concepto. Si vamos a hacerla, Mario, vamos a hacerla bien. Geometría de la praxis, que le dicen. Si vamos a hacerla, que sea bien redonda.
Así que, Señor Presidente: baile. Usted con su esposa o con quien quiera. Que es mejor perder un piloto muy bueno y no tenerlos a ustedes ahí jodiendo. Qué te parece, ¿eh? Cinco pájaros de un tiro, y uno es el presidente. Quién pudiera. Ya lo dije esta mañana: cada cual aporta su grano de arena.
De pronto piensa en su hijo Joaquín y vacila, suspende los movimientos. Está dudando de qué hacer. Vuelve la angustia, se había olvidado de Joaquín. Vuelve -tras unos segundos- pero descubre que la angustia no es tan honda. Y que tiene que decidir. Acaso le parece tan irreal lo que está haciendo, tan imposible de explicar, que ni siquiera puede sentir a fondo el dolor que está por causarle. Se imagina los diarios, el desconcierto, la contradicción, el júbilo de la gente.
Y lo seduce el impacto. Qué tiro. Cargarse a todos estos juntos. Qué me contás, el Mario.
Entonces respira profundo y cierra los ojos, y luego procede a bajar las palancas, apagar los cuatro motores del avión, cerrar el contacto a torre y encender la radio.
Y qué casualidad: otra vez está sonando la voz de Enrico Caruso.
BASURA DUDOSA / DOUBTFUL GARBAGE
Hace 10 años