Después de un rato, Inés se levantó del banco con la mirada puesta en la medianera descascarada frente a la que la chica de la cuarenta y dos, de pie, hacía unos gestos extraños. Siempre igual, a la misma hora, la pobre se acercaba como si la pared fuese a decirle algo y compartiera sus secretos con ella. A Inés le llamaba la atención ella más que otras que estaban peor. La sentía vibrar con mucha intensidad, y por eso le caía más simpática. Incluso, cuando su familia venía a verla, le parecía como si tuvieran algo más que ver consigo.
Como buen sábado, ese día tocó visita. No venía más de una o dos personas por cada mujer, en tandas, y en total eran cuarenta. Pero igual Inés huía todo ese rato para el otro patio, y cuando hacía frío se encerraba en la cocina con la hornalla encendida. La dejaban manejar instrumentos de fuego porque, con toda claridad, ella no era una persona peligrosa ni violenta, que pudiera lastimarse a sí misma o a otros. Claro, el fuego es peligroso cuando está en manos de quienes no pueden distinguir lo bueno de lo malo, y quienes no distinguen lo bueno de lo malo están enfermos. El fuego de la hornalla, en cambio, requiere un manejo cuidado, y sólo se utiliza para calentar cosas que son imprescindibles a cierta temperatura, como por ejemplo los huevos. Si los huevos uno los come fríos, como una vez le pasó, sale un líquido gelatinoso y horrible, crudo, que se parece mucho a una placenta. Y una vez ella vio la placenta de la mujer de la habitación 36, que vino a parir justo el día en que Inés había logrado que la visitara un chico, y como requería de toda la atención de las enfermeras, prohibieron la entrada al público y el chico no pudo entrar, e Inés se quedó sin visita de nuevo. Por eso la placenta no le gusta, es fría, y tiene gusto a huevo crudo.
En su celular Nokia 1100 aprieta contactos y en la lista aparece mamá, Silvia doc, Silvia herm y papá. Tenía antes a Francisco, el amigo de Silvia herm, pero lo tuvo que borrar, y el teléfono de Fernando se lo sabe de memoria y no lo quiere grabar, y Silvia doc se enoja porque no se supone que llame a gente de afuera si no es familiar, y aparte, claro, se lo sabe de memoria. Por eso se escapa también a veces al baño con el celular apretado entre el elástico del pantalón y la bombacha, y como se sabe el teléfono de Fernando de memoria, que es muy lindo, lo llama. Pero a diferencia de ella, Fernando no se acuerda de nada, y de hecho se cambia de nombre siempre. A veces decide llamarse Alfredo, a veces Hugo. Un día incluso logró cambiarse la voz y se llamó Marta. Como la chica de la 42, también Marta. Que otra vez, la pobre, está en la pared, no se sabe si rezando o qué, y tal vez debería preguntarle por qué lo hace, aunque Marta está muy enferma y no responde a los mandos.
Es de día y está lindo, y Silvia doc la llamó por teléfono para saber dónde se había escondido, y a Inés le da mucha gracia porque juegan como a las escondidas, y con su celular se siente segura pero también Silvia doc la encuentra siempre. Está segura de que le dejó puesto un sensor, y la detecta con GPS. Al menos eso decía la revista ésta de campo que le trajo mamá la vez pasada; decía que los aparatos éstos vienen ahora con GPS, que te detecta satelitalmente, y vos por ejemplo, si se te canta, podés manejar una cosechadora sin un tipo que esté sentado ahí arriba sino que con el bicho éste vos la manejás desde la oficina del campo, y si sos de esos que las alquilan, y tenés repartidas tus máquinas por diferentes zonas, podés tener un registro de la ubicación exacta de tus máquinas en cada campo, y todo con un error de un metro de distancia. O sea que Silvia doc puede errarle sólo por un metro. Pero un metro es muy poco.
Otro sábado que no vino nadie para Inés, y que antes de huir echa una mirada rápida a los parientes de las otras chicas: viene la pareja de viejos, los padres de Laura; viene el tipo que está solo y siempre llora cuando ve a su hija; está también el muchacho que viene a ver a Carolina, su hermana. Pero hay una en particular que le parece muy especial, muy linda es, y viene con sus padres a ver a la de la cuarenta y dos. Tiene la sensación de que se parecen. Inés se acerca cada vez que vienen a ver a la de la cuarenta y dos porque está esta chica que le parece muy linda, y un par de veces se miraron ya, y cuando se cruzaron la vista, Inés bajó la cabeza porque le daba vergüenza que supiera que la estaba mirando.
-¡Hola! ¿Cómo te llamás? –le preguntó una vez esta chica, que se acercó mientras Inés se ponía roja tomate.
Le dijo su nombre, y antes de darse cuenta de algo que la sorprendió, le preguntó el suyo.
Ana, dijo.
Hay otra parte de la revista que le interesó muchísimo más, donde hablan de fertilizantes, y de cómo han desarrollado semillas con resistencia a nuevos productos más potentes que el glifosato, ese que nombran todos, pero que todavía se están testeando. Y en la foto muestran cómo se plantan a veces a mano, en los ensayos, las semillas a entre diez y veinte centímetros de profundidad porque eso permite que la semilla no sé qué cosa, y cuestión que crece más rápido la planta y florecen más ramas.
Florecen más ramas, florecen.
Lazos de la planta, con los que abraza el mundo.
Con los que se expande hacia los otros.
Florece su contacto con los otros .
Esa tarde Inés le pidió a Silvia doc una palita y regadera que había visto en un depósito. También le pidió que por favor se la llenara con agua.
-¿Vas a hacer jardinería, Ine? –le preguntó Silvia doc.
Ella le dijo que sí porque de alguna manera era cierto. Iba a hacer jardinería.
Entonces se eligió un rincón apartado del patio de adelante, pero a tres o cuatro metros del lugar donde siempre se para la de la cuarenta y dos enfrente de la medianera. Es un rincón muy lindo, que tiene plantas cerca pero no tanto como para que se crucen las raíces ni que afecte el glifosato que le deben echar a la noche los guardias del pabellón mientras nadie los ve.
Esa noche soñó con Ana y con Fernando. Ana venía y le preguntaba ‘cómo estás’, y al fondo estaba Fernando hablando con la de la cuarenta y dos. Pero Ana se quedaba con Inés, hablando en voz baja, mientras a lo lejos Fernando la llamaba. De pronto Ana extendió una mano y se la metió dentro del pantalón. La tocó de a poco, entera, y a Inés le gustó mucho y se humedeció toda, se le erizó la piel. Entonces, al mismo tiempo, ella empezó a tocar a Ana, que tenía lindo todo, los pechos esponjosos y calientes, las piernas vibrantes, la vagina húmeda como la suya. Y de pronto se despertó agitada, asustada, conmocionada por la escena. Urgente tuvo que ir al baño, y una vez encerrada en el cubículo se dio cuenta de su angustia, pero a la vez, de su excitación. Respirando a toda velocidad, se sintió incómoda con lo que sentía, por lo que cerró fuerte los ojos y empezó a masturbarse pensando en Fernando, en su pelo lacio suave, en su sonrisa cuyos contornos se le perdían en la imprecisión del olvido, los besos que él le daba detrás de su oído, la forma en que la agarraba entera, le apretaba los pechos, la penetraba. Y luego apareció Ana, en el pico máximo del jadeo, que empezó a tocarla también, al lado de Fernando, y a besarla al mismo tiempo en otras partes inexplicables del cuerpo.
Esa mañana era sábado. Lo dijo la radio. Y era lógico, porque empezaron a venir las visitas. Aparecieron los padres, hermanos, amigos, y fueron rodeando a las chicas que erraban por el patio. Inés no estaba por ahí, se había encerrado por alguna parte. La doctora Silvia Cortés fue saludando a las pacientes y familiares, y pronto llegó al lugar de la paciente cuarenta y dos. Estaba impávida, mirando a la pared, y su madre empezaba a tratar de hacerla sentar en el banco cercano. Al lado de ellas, dada vuelta, la que tenía que ser su hermana miraba a las otras pacientes.
-Dígame -le preguntó de pronto la hermana-, la chica rubia muy linda que se pone siempre cerca, no la encuentro, ¿está por acá?
-¿Te referís a Inés?
-¡Sí! Esa.
-Sí, debe estar encerrada en la cocina. Como los padres a veces vienen y a veces no, tiene rechazo a los sábados. Pero puedo mandarla a llamar si querés.
-¿No sería una molestia?
-No, al contrario, a ella le hace muy bien que la busquen, y aparte siempre anda con su celular, que se lo dejamos tener porque es inofensiva y para ella es como un cable a tierra. Podemos probar de llamarla y la vamos a encontrar rápido, ¿te parece?
Ana sonrió.
-Me cayó muy bien esa chica. Y además habla…
-Entiendo.
La doctora Cortés sacó su celular y marcó el número.
De pronto, un sonido parecido al celular de Inés comenzó a oírse muy cercano. Ambas miraron para todos lados, desconcertadas, pero era difícil saber de dónde provenía, e Inés no estaba por ahí. Tal vez de un pariente de otra paciente. Pero no. Sonaba y sonaba como si nadie le prestara atención, y de golpe se cortó. En el teléfono de la doctora apareció al mismo tiempo la voz del contestador automático. Colgó, esperó un par de segundos, probó de nuevo, y empezó a sentir el ruido otra vez, que venía de alguna parte del patio.
Ambas se miraron, dispuestas a seguir la pista, pero no podían entender de dónde emergía el llamado, que sonaba como si estuviese tapado por algo. O como si estuviese debajo de algo. Otra vez dio el contestador, Silvia volvió a marcar y el celular volvió a sonar. Ahora pudieron notar que estaba cerca de ellas, como si fuese a tres o cuatro metros. Afinaron el oído, atentas a captar el origen, y fueron acercándose hacia el rincón donde siempre se colocaba Inés. Entonces Silvia vio la tierra removida, y más lejos, la pala y la regadera.
Se arrodilló sobre el suelo y empezó a cavar con la mano, el llamado del celular ya muy cercano, y apenas a diez centímetros de profundidad apareció el aparato, manchado de tierra, impaciente.
***
Inés tenía vergüenza de contestar por qué lo había hecho. Miraba para abajo como un chico reprendido, pero intuyó que la pregunta de Silvia doc no era incriminatoria. Lo que más vergüenza le daba era que Ana estuviera ahí al lado. Casi como un reflejo la miró un instante y volvió a bajar la cabeza. Para Ana fue suficiente para entender que estaba de más ahí, y se retiró de inmediato.
-Estuve… leyendo esa revista…
-Ahá ¿y? –volvió a preguntar Silvia doc.
Entonces Inés le contestó.
Ante semejeante respuesta, la doctora Cortés sonrió perpleja unos segundos, y pasaron algunos más, incluso, hasta que entendió.
-Bueno –dijo entonces, tras pensarlo un poco-, éste va a ser nuestro secreto, ¿querés?
Después de que Inés asintió, Silvia doc le devolvió el celular, la levantó, la abrazó y la acompañó al patio. En el camino, Inés miró a las personas que poblaban aquel espacio abierto. Estaban todos, como siempre. Y ahí al lado de Ana, que miraba intrigada a Inés, la de la cuarenta y dos continuaba impávida frente a su madre, que seguía intentando hacerla hablar.
Ignacio Albornoz
BASURA DUDOSA / DOUBTFUL GARBAGE
Hace 10 años