Soledad llora.
Está sentada con su hija en brazos, que babea de un costado y se mete toda la manito en la boca, pero no llora como su mamá. Es Soledad la que llora, y piensa. No sabe que los anteojos le dejaron las dos marcas bajo los lagrimales. Las lagrimas le resbalan por la mejilla y caen sobre la cabecita de su hija, que mira sorprendida hacia arriba mientras Soledad la mece en la silla de caña.
Ahora mira por la ventana: allá abajo, el rugido de los colectivos inunda la calle, pero él no aparece. Lo está esperando desde hace una hora, le prometió que iba a llegar, pero ella intuyó, quizás por la forma de decirlo, o porque lo conoce, que no iba a llegar nunca. De todos modos hizo como si se lo creyera, o quiso creérselo, y siguió todo según lo fijado. Preparó a su hija, la bañó, la entalcó, la vistió, y llamó a su amiga para avisarle que ya estaba casi lista.
Ahora se acuerda de Roma, aquella vez en Piazza Navona -¿fue en la Piazza Navona?-, una tarde con lluvia, cubierta bajo el techo de la heladería, esperando, fija la mirada en el repiqueteo del agua que caía desde el alero y moría contra las baldosas. Otra persona, otro lugar y otro tiempo. Pero los mismos vicios.
Soledad tiene ojos de almendra. Grandes, profundos y letales. Brillantes. Y acuosos, que lloran mientras ven por la ventana que allá abajo no viene nadie. Mientras el rugido de los colectivos inunda la calle con un estrépito insoportable.
Entonces suena el teléfono. Es él, anunciando que se demoró en salir y que tiene que irse ya mismo para otro lado porque se le juntaron las cosas, desde luego. Que por favor no se enoje, pero necesita postergarlo una vez más. La respuesta es mecánica, y entonces Soledad va a llamar a su amiga. En efecto: no hay nada más horrible que bañarse y ponerse linda para nada, que ilusionarse para luego tener que quedarse adentro. Que no saber qué hacer consigo misma porque los impulsos chocan, cruzados, y porque su hija no comprende nada de lo que le pasa y no la puede ayudar.
Entonces marca su número de teléfono con rabia.
Pero al primer tono se arrepiente. Y corta.
¿O fue en la Piazza Spagna, y no en la Navona, cuando ella esperó parada, debajo de una joyería de la Vía Condotti, y las gotas de lluvia brotaban de la marquesina como la crema que se desprende de las paletas de la batidora?
¿O fue las dos veces?
Ahí lo encontró, una tarde, sentado en la escalinata de la Trinidad, tomando distraído una
birra mientras hablaba con alguien que ahora ya ni recuerda quién era. Pero a él sí, él era Mauro, un piamontés hermoso al que con disimulo se le sentó cerca, y se puso a fumar hasta que le encontró la mirada. Soledad sabe que sus ojos son letales, y hay quien tiembla de sólo verlos. Que transmiten todo el erotismo que la vida le regaló, y que guarda como un arma. Mauro, como otros, también vibró esa tarde en la escalinata, cuando vio sus ojos. Y ella vibró, también, debajo de él, cuando Mauro estuvo dentro de ella, esa noche, en el departamento del Trastevere.
Y sí, también tembló Soledad, la de los ojos de almendra -como le dijo Mauro una vez- cuando la invitó a irse a vivir juntos a Inglaterra. Molto più belo paese. Y ella, que navegaba plácida sin timón con sus diecinueve años, saltó sobre él y lo abrazó ahí mismo, para seguirlo como lo había seguido desde que lo conoció en Roma, y cuando se fue a Florencia, y luego a Milán.
Puta madre, dice ahora, las mandíbulas apretadas de despecho, y deja a su hija sobre el cochecito que está en la cocina, para sacar la jarra con agua de la heladera, mientras oye que el teléfono suena de nuevo.
-Sole, voy para tu casa, ¿querés? –le dice su amiga.
-Por favor, sí.
Mauro la dejó por otra chica, a la que conocía de antes, y que volvió a ver en Inglaterra. Soledad lo intuyó en su cara, un día, sin que le dijese nada, y ahí mismo se volvió con sus pocas cosas para Roma, contraída de odio y dolor. Él la llamó varias veces sin éxito, muerto de culpa y de arrepentimiento, y viajó a Roma para buscarla. La encontró una tarde en la Piazza Navona, al lado de la heladería, mirando cómo llovía. Pese a su resistencia inicial, la sorpresa la tomó con la guardia baja, y esa noche, después de varias idas y venidas, terminaron en su cama.
Cuando la despidió a los dos días, rumbo a Inglaterra, prometió volver una semana después. Acordaron encontrarse en la Piazza Spagna, como en aquel primer encuentro. Una tarde que luego fue de lluvia, y que ella esperó muerta de frío debajo de la marquesina de una joyería, donde comenzaba la Vía Condotti.
Ahora, envuelta en la abstracción, trae a la cocina el cajón de fotos mientras espera a su amiga. Elige un álbum al azar y se pone a curiosear. Las fotos de la primaria le aburren. Entonces toma otro librito: la navidad del noventa y pico en la casa de Palermo. Nada. Otro más: ella y Manuel en un bar, a punto de comer, sonriendo los dos. Ella con un barquito de papel en la mano. Él, con otro barquito, pero puesto de sombrero. Ahí se detiene. La siguiente imagen tiene a Manuel mirándola de reojo –una foto desafortunada- mientras ella sonríe a la cámara, entre amigos. Y en su brazo moreno, apenas entrevisto, tapado un poco a propósito con el otro, el tatuaje que se había hecho en Roma: un delfín. Azul y gris, con el borde negro. Hermoso. Un delfín sobre el que Manuel nunca quiso saber nada.
Ahora mira su brazo, y ve el otra vez el delfín. Lo mira y sonríe. Recuerda aquel momento en el que fue al local de
tatoos, en Roma, con Mauro, excitada y asustada al mismo tiempo. Y va a quedarse varios segundos así, sonriendo muy quieta, pensando en ese delfín que se imprimió en la piel para siempre, acompañada de su novio italiano. Sólo entonces, cuando la sonrisa se le acaba, cuando vuelve a Buenos Aires, a su salida frustrada una vez más, sólo ahí respira profundo y decide levantarse. Entonces busca el teléfono, marca el
redial, espera a que le atienda, y cuando oye la voz, sin decir más, le pide por favor a Manuel que se vaya bien a la puta madre que lo parió.
A la media hora llega su amiga, con bizcochos. Cuando le pregunta cómo está, no lo sabe. Todavía le bombea fuerte el corazón. Pero entre mate y mate, mientras charlan y le da de comer a su hija, casi distraída, mira por la ventana y ve que el sol de las seis de la tarde tiñe las medianeras de los edificios de un rosado bellísimo.
Entonces sonríe.
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