martes, 21 de octubre de 2008

Agarré una foto que saqué...

...y la convertí en publicidad. Qué se yo, me pareció divertido.

lunes, 20 de octubre de 2008

Reencuentro en Vila, piamontesa ella.

Aquí van unas fotos de un viajecito a la pampa gringa santafesina.





viernes, 10 de octubre de 2008

Una gota

Persistente, pero vencida por la gravedad, una gota de agua muy grande y pesada se desprendió del brote verde que pendía de una rama, que surgía de otra rama más grande, la que a su vez partía del tronco, ancho, de un plátano en flor. La gota cayó de ese brote verde mientras su cuerpo transparente reflejaba, hacia todos los costados y ángulos posibles, el aire y los objetos que estaban a la altura que abandonaba a cada instante, en su caída libre, y los infinitesimales haces de luz que pasaban a través de ella, de esa gota que los descomponía en diferentes colores, y hacia abajo reflejaba el suelo de barro al que iba directo a morir hasta que, sin embargo, en el camino hacia el suelo, se topó y se estrelló contra una superficie dura, pero elástica y resbaladiza, de piel.

La piel era una pelada, y la pelada era de un hombre que con un brazo sujetaba fuerte a una nena que lloraba a gritos, muy asustada, suspendidas sus piernas que pataleaban en el aire, y del otro lado sostenía, en su mano, una Smith & Wesson 4003 que apuntaba a la cabeza de la nena, amenazándola frente a todos, vociferando para alejar a quienes, a cuatro metros de él, vestidos de uniforme, lo apuntaban con muchas armas.

Tenso el hombre, arremolinado en gritos, la gota de agua que cayó sobre su cabeza lo distrajo, y su reflejo -el instinto arcaico de un tacto inesperado- lo hizo voltear para arriba. Fue ahí cuando, del otro lado, confundido entre los demás, el agente Ibáñez, el de mejor puntería en la división, que lo tenía fijo en la mira desde hacía quince segundos, sin hablar, casi sin respirar, apostado sobre la izquierda mientras el jefe discutía y trataba de calmar la situación, notó la reacción del tipo, y al instante, concentrado sólo en el pelado y en liberar a esa nena que lloraba presa del miedo, disparó directo hacia la cabeza del tipo.

Y entonces el Sargento Ibáñez, el de mejor puntería en la división, el de mejor pulso y mayor sangre fría, le erró. Le dio sin querer a la nena. Y la mató en el acto.

martes, 7 de octubre de 2008

Brassai, el fotógrafo de la noche

"La noche sugiere, no enseña.
La noche nos encuentra y nos sorprende por su extrañeza;
ella libera en nosotros las fuerzas que, durante el día, son dominadas por la razón..." (Brassaï).



La fotografías de Brassaï son la noche. La noche universal. La vida en la noche.
No es la noche en París: es la noche. La noche es una parte de la vida.

Nos presentan todo tipo de personajes: matones, mendigos, prostitutas, enamorados, homosexuales. Nos presentan todo tipo de lugares: bares, garitos, salones de baile, prostíbulos, calles. Nos presentan la vida que pasa.

Es un mundo distinto, no es el mundo de la luz, de la claridad, es el mundo de la pasión. Es el mundo de la música, del alcohol, del sexo y de la droga.

Sus personajes, anónimos, universalizan su mensaje. Fueron ellos y somos nosotros.
Aunque reflejan un mundo desaparecido, muestran nuestro mundo, nuestros sentimientos.

Comentario: Manuel Rodríguez (elangelcaido.org)


***



Gyula Halàz, nació en 1899 en Brasso, Hungría, en Transilvania, después esta zona quedó incluída en lo que hoy es Rumanía. Hijo de un profesor de literatura francesa, se siente influenciado por él hacia París. Realiza un primer viaje a París en 1903-1904, donde se instala definitivamente en 1924. Primeramente trabaja como periodista, solicitando fotografías para acompañar sus artículos a fotógrafos como André Kertész. Hasta 1930 no se decide a realizar sus propias fotografías.
Muere en 1984.

lunes, 6 de octubre de 2008

Y sí, otro cuento. Cortito y al pie.

El destierro

Sin poder concentrarme de ninguna forma, levanté los ojos del libro y la luz de la lámpara sobre el escritorio me encandiló. Las manos me temblaban, y tuve que contener el llanto para que nadie me oyera. Pensé en todo y en todos, pero me sentía impotente para hacer cualquier otra cosa. Sabía lo que iba a hacer y no quería bajo ningún concepto. Me acusé de imbécil, de inconsciente, pero nada iba a detener una decisión ya tomada. Sólo tenía que juntar el coraje.

De golpe sonó el teléfono. Una vez. Sonó una segunda vez. Lo miré con odio, sin hacer un gesto, y como si se hubiesen dado cuenta, luego del tercer llamado dejó de sonar.

No pude soportarlo más: en ese momento me levanté del asiento, decidido, pasé el ventanal abierto que daba al balcón, y tras fijar la vista un instante en el pavimento, doce pisos abajo, y ver tres autos recorriendo la calle, me alcé con los brazos por sobre la baranda, con gran esfuerzo. Así quedé sentado en el borde, haciendo equilibrio, una pierna a cada lado.

Después de dudar unos instantes, me dije que era mejor hacerlo antes que pensar, y tomé impulso para vencer mi propia resistencia. Cerré fuerte los ojos, me dejé caer hacia un costado, y solté los brazos en el aire, percibiendo el frío nocturno de mayo.

Vértigo. El abismo. Perdí el absoluto control sobre mi cuerpo y vi los adoquines acercándose, un auto rojo pasando de largo. Los ojos me picaron, el pecho se me llenó de pánico, mi estómago se cerró mientras caía directo hacia el suelo. Sentí locas ganas de vivir, arrepentimiento total, desesperado amor a la vida. Y grité.


El impacto.

Ciego, sentí que estaba hundido contra el pavimento, despatarrado, y pronto me dominó un terrible dolor de cabeza.

Un instante después caí en la cuenta de que estaba vivo.
Ridículo, sí. Pero real.

Estuve un momento más así, aguantando el dolor, y cuando empezó a apaciguarse, me pregunté por qué no habría ruidos de la calle. Por qué nadie había venido a verme todavía. Logré incorporarme, poco a poco, primero los brazos y después las piernas, tratando de asimilar el hecho de que todo estaba casi igual que hasta recién: mi cuerpo entero, como si nada salvo el dolor de cabeza, la calle iluminada por los faroles, y el frío silencioso de la noche interrumpido por la música de la pizzería de la esquina, con sus mesas sobre la calle.

Pero de repente, la diferencia: ninguno de los que ocupaban las mesas se movía, echados en las sillas hacia atrás o hacia delante como muñecos abandonados; los que caminaban en la vereda ahora estaban dispersos por el suelo como si fuesen trapos. El auto rojo de unos instantes atrás estaba detenido frente al semáforo en verde, con el motor encendido.

Aunque siempre fui ateo, en ese momento me di cuenta de que alguien había reservado un infierno para mí.

En efecto: ahora yo era el único vivo.

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miércoles, 1 de octubre de 2008

Más fotos.

Un poquito de esto y un poquito de aquello...





Fotos. Villa La Ñata. Dique Luján

Les paso acá algunas fotos de una visita más a los rincones de la costa porteña con mi nunca lo suficientemente bien ponderado amigo Beltrán. Ojalá les gusten.