viernes, 29 de agosto de 2008

Otro cuento (y van...)

Cruz del Eje


1

Llegábamos en el taxi apretados por los bolsos. La noche estaba pesada. La terminal de Retiro se abarrotaba de gente, como siempre. Desde el cuarto acceso caminamos hacia dentro, cargando el equipaje a desgano. Bruno me preguntó por los pasajes y yo señalé el bolsillo de la mochila. Miré el reloj: nueve y veinte.

—Estamos bien en tiempo —dije.
—Ahá... —Bruno levantaba la mirada— ¿Viste el cielo? Está pesadísimo, mirá los nubarrones. Yo esta noche no duermo...
—No jodas.

El hall era un ir y venir de gente haciendo demasiadas cosas al mismo tiempo. Resplandecían los carteles luminosos de los negocios, vendiendo a todo trapo. Por el altavoz se oía:

—Chevallier anuncia su arribo de General Rodríguez de las 21:15, por plataforma 44.

Bruno paró en el kiosco de diarios y se compró una revista. Luego me esperó con los bolsos entre las filas de asientos mientras yo iba a comprar agua mineral y algo para comer.

—La Veloz del Norte anuncia su partida de las 21:40 con destino a San Salvador de Jujuy, por plataforma 71.

—¿Compraste agua? —me preguntó cuando volví.
—Obviamente. No te creas que voy a probar esa poción inmunda que tienen por jugo.

Salimos a las dársenas, cargando otra vez con esfuerzo los bultos, más la bolsa con la comida. De repente, el cielo se iluminó y volvió a apagarse al instante. De inmediato sonó un trueno que me llegó a la nuca.

—Empresa Ablo anuncia su partida de la hora 21:45, rumbo a Cruz del Eje, por plataforma 67.

Caminamos las ocho plataformas que faltaban hasta el colectivo ya esperando. Dos pisos. Plateado y rojo con las letras negras. La gente se agolpaba contra el vehículo. El valijero acomodó los bolsos y nos quedamos cada uno con la mochila de mano, y con la bolsa del kiosco.

Me ubiqué del lado de la ventanilla y Bruno sobre el pasillo. Comprobamos la reclinación de los asientos y acomodamos las mochilas debajo. Respiré hondo. Ticket de equipaje, billetera, papeles. Todo bien. Nos dispusimos a comer. Bruno abrió la bolsa, sacó la botella y desenvolvió dos sánguches. Del otro lado del pasillo una viejita nos miraba con hambre o con curiosidad. Bruno le clavó la vista como para espantarla, pero ella no se inmutó.

Delante de él había un pelado que ya dormía, tapado con su campera. Delante de mí, un señor mayor. Su cabeza cuadrada, de incipientes canas invadiéndole el pelo negro, sobresalía notoriamente del respaldo. Estiré el cuello y con las cejas en alto miré hacia delante: dos filas de asientos verdes con fundas plateadas en los apoyacabezas, escapándose hacia el punto de fuga. Iba a ser un viaje largo. La gente subía. Una gorda —mejor dicho, un tanque de vestido azul con florcitas— se dirigía hacia el fondo, pero se trabó entre los asientos justo al lado de nosotros. Tenía olor a desodorante barato. Por suerte se zafó y logró avanzar. Nosotros masticábamos en silencio. Una parejita de chicos con acento cordobés pasaron para atrás riéndose entre ellos. Desde todas partes del micro llegaban diálogos discretos entremezclados, casi susurros. Al terminar de deglutir los sánguches abrí el mapa y pasé a mostrarle:

—¿Ves?, lo que te decía, el micro toma por esta ruta y sube a Villa María. Después va hasta Río Tercero y tipo siete de la mañana estaríamos en Córdoba —Bruno asentía—. Después agarra por un camino de montaña, cruza el valle, la zona de los Gigantes, y finalmente sube hasta Cruz del Eje. Y ahí, la terminal está a ocho cuadras de lo de mi tía.
—¿Y es grande el pueblo?
—Y, debe tener como ochenta mil habitantes.

El micro dio marcha atrás con suavidad. Por la ventanilla veíamos dejar atrás la terminal. La llovizna castigaba a la villa 31; repleto, el vehículo se movía lentamente con andar pacífico. El murmullo de la gente se volvía cada vez más sutil. Por allá adelante vi un par de diarios abiertos. Bruno observaba por la ventanilla, y de tanto en tanto volvía al mapa, plegado a la mitad sobre su falda.

—¿Estás contento, che? —le pregunté sacudiéndole el hombro.
Se me quedó mirando.
—Digo —insistí—, es la primera vez que te venís para allá.

No me dijo nada, pero me sonrió con ese gesto que tenía, esa media sonrisa de confirmación, mientras me palmeaba la rodilla. Miré contento hacia la ventanilla, de poder mostrarle después de tantos años mi lugar. Y de sentir que me daba una confianza que lo ponía, en cierta manera, a merced de mí. Y más sabiendo de su tema.

Algunas luces se apagaron y quedamos en un claroscuro. Entonces apareció la azafata, una morocha de pelo largo que nos ofreció bebida y mantas. Bruno acercó su cara y le susurró algo al oído. La morocha se rió, frunció la boca, y se negó con una sonrisa reprendedora. Nos alcanzó los vasos de gaseosa y siguió camino. Bruno me miró, y entendí que le había pedido el teléfono. Caraduras como él, pocos.
Ahora atravesábamos el empedrado del puerto. Las enormes grúas eran tenazas muertas.
El puerto entero era un cementerio.

Tapada con la manta roja de la empresa, la viejita de enfrente dormía con su cara vuelta hacia nosotros, brindándonos su mandíbula floja y abierta a pleno. Sentada a su lado, una chica de rasgos norteños mecía su bebé envuelto en una frazadita blanca. Bruno ahora miraba por el pasillo hacia delante.

—¿Viste? La pareja de allá adelante no para de discutir.
—Ja, sí, los oí. Qué par de desubicados.

Y nos quedamos en silencio.

El colectivo terminó de recorrer aeroparque y tomó la Lugones. El motor era apenas un silbido aplastado por el rugido constante del aire acondicionado. Bruno se agachó para revisar su mochila. Me pasó un auricular del ipod y puso a Miles Davis.
Flotando a través de las notas del solo de la trompeta, perdido en mi imaginación entre las sierras de Córdoba, fui entrando en la somnolencia. Todo estaba ya casi absolutamente negro. Los párpados se me fueron cerrando.


2

Me desperté. Oscuridad total; silencio. Ahí me ubiqué: cierto, el micro. Por la ventana vi que estábamos parados al costado de la ruta, sobre la banquina. Qué raro. Giré la cabeza para preguntarle a Bruno, pero su asiento estaba vacío. Miré alrededor, a los otros asientos: tampoco estaba la vieja, tampoco la chica del bebé. Me limpié los ojos y me levanté. El pelado no estaba, no había nadie en ningún asiento. Era obvio que el micro se había roto, pero no entendí por qué no me habían avisado.

Oí entonces un murmullo desde afuera. Tanteando en la penumbra caminé pasillo adelante. Desde la barandilla de la escalerita se veía la puerta abierta. Bajé escalón por escalón, despacio, el sueño me daba una torpeza notable. Cuando pisé el suelo el viento me congeló, sólo tenía puesta una camisa. Miré hacia todos lados, pero... no había nadie afuera. El silencio me estremeció. Corrí hasta la cabina. Nadie. Nadie tampoco.

—A la mierda —me dije—. Tranquilo. Qué pasa acá.

Di una vuelta entera al colectivo. Nada. Miré alrededor. Sólo viento, campo y oscuridad. Pude distinguir las siluetas de los árboles en medio del campo, negras sobre negro.

Grité. Hubo un eco muy distante, allá en el fondo. Grité otra vez. Silencio. El corazón se me aceleró tanto sentí los latidos en el pecho. Entonces saqué el teléfono celular del bolsillo pero no tenía señal. Evidentemente no había ningún pueblo cerca.

Miré el reloj: tres menos veinte de la madrugada, la mano me temblaba. Quién sabe cuánto tiempo había estado parado el micro. Estaba cagado de frío. Me acerqué a la puerta del depósito, mal cerrada; la deslicé hacia arriba. Estaba vacío, con excepción de mi bolso, ahí en el fondo.

Mirando por encima del hombro, me metí y busqué el bolso. Luego lo subí al micro y, apoyándolo sobre un asiento, saqué mi campera. Bajé otra vez. Hacia ambos lados de la ruta la negrura me hacía sentir más solo. La reputamadre. ¿A dónde carajo se fueron todos? Oteando intenté encontrar alguna luz, algún signo de vida en la ruta, en la oscuridad del campo. Era una situación que no me esperaba.

De pronto se me ocurrió ver si el colectivo tenía la llave puesta. Por suerte un peluche colgaba del llavero, listo para arrancar. En penumbra palpé para buscar una guantera, algo. Encontré una linterna y la encendí. Ya sobre el volante, puse la mano en la llave. El arranque tosió, se esforzó por funcionar, pero se dio por vencido a los pocos segundos. Otro intento. Y otro. Empezaba a entender. ¡Cómo podían haberse olvidado de mí! Y Bruno. Hijo de mil puta. ¿Cómo me iba a dejar así?

Traté de razonar: pensé en mi bolso abandonado en el depósito de equipaje; pensé en Bruno. No, no había manera de que pudieran haberme olvidado. La presencia de mi bolso era casi una provocación, una conciencia pura de que me estaban dejando. Pero aunque fuera a propósito, yo igual podría conseguir que alguien me llevase. Así que algo tenía que haberles pasado.

Aunque era una locura, tenía que hacer algo. Bajé de la cabina con la linterna y las
llaves de arranque. Subí a la parte trasera y por instinto busqué la .22 que usaba para tirarle a los loros. Revolví entre la ropa pero el arma no estaba. Obviamente, me la había olvidado en Buenos Aires; había hecho el bolso con tanto apuro que tenía que haberla dejado sobre el estante. Me paré sobre la banquina y miré hacia ambos costados de la ruta, tratando de guiarme por la intuición. Hacia la izquierda se vislumbraba apenas un resplandor. Me decidí por esa dirección. Sin cuidado y al trote crucé la ruta.

Pasé diez metros de pasto y atravesé el alambrado. Soplaba un frío glacial. Estaba sobre un campo de trigo. Surcos que se fundían en la distancia con una exactitud geométrica infinita y abismal. Las nubes eran colosales, oscuras. Corrí unos cuantos metros como un desquiciado a través del cultivo, como no queriendo reparar dónde estaba. Luego tuve que parar a recuperar el aire, y apoyado sobre las rodillas, miré hacia atrás. El micro era un pequeño rectángulo plateado. Continué alejándome, pero al trote. El horizonte mostraba a unos cuantos metros una extendida arboleda negra y el resplandor por detrás. Pude percibir en ese momento en las tripas el extenuante silencio del campo, la vastedad del país. Aunque estuviese en tierra de cultivo, me acechaba el miedo a toparme con algún animal despierto. El arado prolongaba sus líneas paralelas insoportables. Era como el camino hacia la nada. Era yo, perdido como una hormiga en una tierra sin límites. La arboleda se fue acercando, y la densidad amarillenta del resplandor se hizo más intensa.

Sentí un ruido y me paré en seco. Era un mugido. De pronto vislumbré otro alambrado y lo crucé. Ahora debía tener más cuidado. Otro mugido. No pude evitar frenarme otra vez para llorar. ¿Qué hacía corriendo perdido en medio de la nada? Quería estar en mi casa, tranquilo y fuera de esta situación horrible y ridícula. Pero no me animaba a dejar a mi amigo, ni podía controlar la incertidumbre de no saber dónde estaban los demás.

Al cabo de varios metros, el resplandor se hizo más poderoso. Quizás demasiado. Un sol que me recibía tras una gruesa franja de árboles lúgubres. Corriendo penetré en ella y avancé bajo el acecho de una telaraña de ramas y troncos. Corrí a más velocidad, la luz amarilla era como Dios esperando al final. Los ruidos de mis pasos haciendo chillar las hojas secas, más el sonido de mi agitación, se fundieron luego en un solo silencio aplastado bajo un creciente griterío. Frené de golpe, respirando como un desquiciado, para escuchar bien. Sí, eran gritos. El túnel de árboles desembocaba, veinte o treinta metros adelante, en un final cercano. Seguí corriendo y cuando empecé a distinguir unas formas sentí que tropezaba con algo; caí de frente y todo se apagó.

Cuando me desperté, seguía siendo de noche, pero el resplandor ya no estaba al final de la arboleda. Sentí un mareo mezclado con un fuerte dolor en la cara. Me toqué la cabeza; tenía sangre seca. Luego, por instinto, me di vuelta mirando hacia la ruta: el colectivo tampoco estaba más.

Me paré de golpe, incrédulo, y estuve así unos segundos hasta que empecé a correr hacia la ruta sin parar. Llegué: mi bolso ya no estaba sobre la banquina. Tratando de no dejar ganarme por la desesperación, caminé un par de kilómetros hacia el sur con el celular en la mano hasta que encontré señal. De inmediato marqué el número de Bruno. El llamado sonó cuatro larguísimas veces.

-¿Hola? –contestó una voz que no era la de Bruno. Me desconcertó y tardé en responder, tratando de contener la desesperación.
-Eh, hola, sí, quería hablar con Bruno.
-¿Qué Bruno? Me parece que te equivocaste de teléfono.
-¿Cómo que qué Bruno? –miré el celular y chequeé el número. Era el correcto.
-No, mirá, acá no hay ningún Bruno. Fijate si marcaste bien.
-¿Pero éste es el 1564643329?
-Sí, ese es el número, pero es mío, y no conozco ningún Bruno, flaco.
No pude contestar nada, sin saber qué pensar, y corté.

Me senté sobre la banquina, los ojos bien abiertos. Respiré hondo. El viento soplaba muy fuerte desde el sur, y al costado de la ruta, sobre el otro lado, los árboles, sacudiéndose, parecían las sombras de los árboles.

martes, 26 de agosto de 2008

Folklore urbano

-¿No te digo, Marcos, que está todo al revés acá?
Marcos -negro seguramente cubano- lo miraba con suma atención del otro lado de la barra. Adolfo, sesenta y pocos, ancho, campera de cuero y boina, continuó:
-...antes la gente hacía ferromodelismo, aeromodelismo, coleccionaba estampitas, esas cosas. Ahora los pibes tocan la guitarra. ¿No viste que ahora todos los pibes tocan la guitarra? Es como una epidemia. El nuevo fetiche del tiempo libre es el rock. Y es como yo te digo, es un fetiche nomás, hay una caída en la curva de creatividad -afirmó Adolfo con seriedad científica, trazando la curva en el aire con el dedo en el cuchillo, mientras masticaba con la boca abierta la muzzarella media masa de Guerrín.
Un tercero de pelo largo y seguramente maltratados cuarenta y largos, le hacía preguntas al gurú, no queriendo creer pero creyendo.

Yo los miraba extasiado. Terminé mis dos porciones de napolitana + balón de cerveza y me fui.

lunes, 25 de agosto de 2008

sábado, 23 de agosto de 2008

Hambre (un cuento nuevo)

Dedicado a un amigo...

Hambre

Se despierta tirado en el sofá, con la ropa arrugada, transpirado, y ve que la ceniza desborda el cenicero, y que ya no quedan más pastillas. Mira la hora y nota que son las seis de la tarde. Ahí siente la picazón: es un hambre terrible. Se levanta y abre la heladera para comerse de parado el sánguche de milanesa con tomate, lechuga, huevo, panceta y cebolla que se compró preventivamente. Lo liquida en pocos minutos pero sigue con hambre, así que decide bajar a la rotisería para completar con dos o tres empanaditas.

En la rotisería se le ocurre que además de las empanadas puede llevarse un pote de arroz con pollo para la noche, y una isla flotante que aparece muy tentadora en el mostrador. También se lleva una coca de litro y unos scons para después, no sea cosa de quedarse sin provisiones.

Cuando vuelve al departamento suena el teléfono y es la tía Ofelia. La conversación es larga, más bien un monólogo de tía Ofelia bastante poco interesante, y tiene que sentarse. Como se aburre, empieza a jugar con una birome. Cada tanto dice “ahá” o “sí, sí” mientras hace rayitas y casitas con cruz, y muy pronto se aburre también de jugar con la birome.

Entonces se da cuenta de que el hambre que tiene es más bien de dulce, así que se arrima un poco la bolsa de la rotisería, saca el paquete con los scons y los picotea mientras Ofelia habla y habla. La verdad es que como nombre, piensa, Ofelia es un horror; parece mentira que en pleno siglo XXI alguien pueda llamarse así. Piensa y se detiene. Como no hay más scons y sigue con hambre, avanza sobre una de las empanaditas.

A la quinta empanada su hambre todavía en pie le empieza a llamar la atención. ¿Será ansiedad oral?, se pregunta, mirándola antes de liquidar la última, y de ver que el arroz con pollo está tan lindo, ahí al lado de la isla flotante. Es que no sabe por cuál empezar. Por suerte la tía Ofelia se cansó de que oír monosílabos y cortó. Ahora de pronto se siente desorientado, como si algo lo hubiera sacado de otra cosa que realmente estaba haciendo y no sabe qué es. En el reloj de la cocina dice que son las siete y cuarto, y se pregunta cómo será que pasa tan rápido la hora.

Sí, por más que piensa no logra entender cómo es que hace más o menos quince minutos nomás eran las seis y ya son las siete y cuarto. Mientras tanto saca el cuchillo y el tenedor del cajón de la cocina, y se dice a sí mismo que si el tiempo sigue pasando así, en cualquier momento van a ser las nueve de la noche. Entonces pone el arroz con pollo en el microondas y va al baño a lavarse los dientes. Camino al baño se golpea contra el marco de la puerta y se tiene que corregir. Nunca logra evitarlo. Se pone a hacer caras en el espejo, se queda un rato haciendo nada, y al salir se da cuenta de que olvidó lavarse los dientes. Entra de nuevo.

Al volver del baño ve que el reloj de pared la cocina ahora marca las ocho y cuarto. Es evidente que el aparato tiene un problema: se sube a una silla y lo baja para apoyarlo en la mesa. Lo mira. Lo mira finito, lo escudriña, trata de distinguir la velocidad con la que avanza el minutero, pero nada parece fuera de lo normal. No puede ser que sean las ocho y cuarto, aunque es evidente que ya se hizo de noche y tampoco pueden ser las siete y cuarto de la tarde porque el sol no jode: o está, o no está. Y ahora no está.

Ese pensamiento lo inquieta y de pronto mira a su alrededor con suspicacia, como si algo, algún objeto de su casa supiera un secreto que a él no le contaron. Es raro: por momentos su casa se pone un poco más roja que de costumbre, aunque es sólo una sensación momentánea. Lo que más le llama la atención es la velocidad con la que pasa el tiempo.

Ahora tiene hambre: mira a la mesa y ve que alguien dejó ahí una formidable isla flotante. Parece mentira, porque se comería a una familia entera y es increíble que haya ahí una isla flotante con muy buen aspecto. ¡Una isla flotante! ¿Quién habrá sido el genio que la puso ahí? Se diría que está ahí a propósito, como carnada, y él va a atacar gustoso, sin miedo a caer en la trampa. Es más, si es una trampa él dice pido gancho para ganar tiempo mientras termina de comerse la carnada.

Cuando deja de pasar el dedo a la espuma que dejó la isla flotante, mientras analiza con atención el reloj de pared que está en la mesa, se empieza a sentir pesado. Quiere ir al baño, pero no sabe bien para qué, porque tiene un poco de náuseas pero también tiene ganas de lo otro. ¿Es posible, digamos, o natural, tener hambre, y ganas de ir al baño al mismo tiempo? Como no logra resolverlo, decide tomarse un ácido y llamar a un par de chicas. Llama a un número, y las chicas no tienen problema en venir a domicilio, así que les pasa la dirección.

Por el diálogo en el teléfono, nota que tiene la lengua pastosa, tal vez un poco lenta, y que no se acuerda para qué vino al baño. Se está mirando al espejo desde hace un rato, tiene el teléfono en la mano y se analiza las facciones. Ahora está con hambre y va hasta la cocina a buscar algo en la heladera. No hay nada. Puta carajo. Siempre lo mismo. Va a tener que construirse seriamente la costumbre de ir día por medio al súper, sí o sí. Busca uno de los imanes de la heladera y se deja tentar por la casa de pastas. Ahora llama a la casa de pastas pero lo atiende un contestador que dice que el horario de atención es de lunes a domingo de quince a veintitrés treinta horas. Se queda pensando, porque juraría que está dentro del horario de atención de la casa de pastas.

Cuando entonces mira el reloj de pared y ve que marca las diez y veinte, empieza a sospechar de que sus sentidos lo engañan. O que alguien le está haciendo una joda. Ahora prueba con la pizzería. Llama y por suerte le contesta un tipo, entonces pide una grande de napolitana y una cerveza.

La pizzería debe andar con poco trabajo, porque a los tres minutos ya suena el portero. Baja a abrir y no hay nadie más que tres chicas paradas. No se le ocurre cuál de sus vecinos puede estar esperando a semejantes mujeres, pero las deja pasar al palier mientras mira hacia la calle exrañado porque el de la pizzería se haya ido. Sale a buscarlo pero a la media cuadra se vuelve porque a lo mejor el de la pizzería viene por otro camino. Cuando llega, ve a las mismas chicas todavía ahí. Les pregunta si no quieren tomar algo en su casa mientras esperan a que el vecino les abra. Las chicas aceptan. Algo le dice que su vecino es medio idiota.

Al subir va al baño de nuevo y mientras se aburre en el inodoro, empieza a cantar. Primero bajito y después más fuerte. Alguien se ríe del otro lado. Después oye que suena el portero. De un grito le pide a alguna de las chicas que le atiendan; una parece que se acerca a la puerta del baño y desde el otro lado le contesta que es de la casa de pastas. ¿De la casa de pastas?, pregunta él, para verificar si oyó bien o si se lo está imaginando. Sí, contesta una de las chicas, dice que pidieron dos lasagnas mixtas a tu nombre. Antes de analizar cómo es posible eso, resignado, le pasa un billete por debajo de la puerta. La chica le dice que con eso no le va a alcanzar para nada y a él le sorprende lo cara que está la comida a domicilio. Así que le pasa otros dos billetes y por favor que sea el fin, piensa, porque además ya se le está acabando la plata.

Hay varias cosas que no termina de entender. Primero, no entiende de dónde es que lo conocen las chicas. Segundo, lo de la casa de pastas lo tiene realmente intrigado. Tercero, el vecino de al lado es un pelotudo con todas las letras.

Sale del baño y ve que dos de las chicas se aburren y la tercera está aspirando una línea de cocaína sobre la mesa mientras sostiene un vaso de cerveza, y le informa que puso las lasagnas a calentar en el horno. Él le pregunta si tiene una línea más para él, y la chica contesta que no hay problema, y le arma dos líneas más. Se toma las dos líneas y suena otra vez el portero. Quién carajo puede estar tocando a esta hora.

La misma chica le ofrece bajar a abrir y él recuerda que es la misma voz a la que le dio la plata. Algo en su buena onda le parece un poco forzado, y por un momento, duda de ella. Como igualmente no le importa, le acepta y la chica se va. Ahora tiene hambre: busca en la heladera para ver qué hay y no hay nada. La puta que los parió, otra vez igual. Las dos chicas están paradas mirándolo, y a él de pronto le dan como ganas de cogérselas. Se pregunta si se ofenderán si les dice de irse ya mismo a la cama con él, y las chicas parece que no se ofenden. Hoy está más atractivo que nunca.

Pero antes va a pasar por el baño. Les pide que se queden un segundito, y las encierra en el cuarto con llave, medio en broma, medio en serio. Va al baño y se sienta en el inodoro pero no pasa nada. Se arrodilla frente al inodoro y tampoco pasa nada. Abre un cajón y saca pastillas. Se toma cuatro y se queda un rato esperando. Se impacienta, y toma dos pastillas más. Después se empieza a quedar dormido frente al inodoro, hasta que siente que del otro lado alguien está tratando de abrir una puerta por la fuerza, y grita algo. Pero tiene sueño, muchísimo sueño y se recuesta en la bañadera, esperando a que le vengan ganas de una cosa o de la otra. Al rato se despierta y oye que suena el teléfono. No sabe ni qué hora es, pero el teléfono le parece lejísimo. Un momento después suena el celular y alcanza a manotearlo. Es una vieja que dice ser Lucrecia, la vecina del quinto, que dice que alguien llamó a la policía y denunció un secuestro de dos personas en su departamento. El pregunta si es una joda o qué, y Lucrecia contesta que debe ser un error, pero que no podía no llamarlo porque están tocando a la portería los policías.

Después de cortar con Lucrecia no recuerda qué es lo que acordó hacer con ella, y decide ir a buscar algo a la cocina porque ya recuperó el hambre. Con alegre sorpresa, nota que en el microondas hay un arroz con pollo completo que quedó de alguna vez, y de golpe se pregunta qué fecha será hoy, porque está amaneciendo, pero no sabe de cuál día. Después va hacia su habitación y la puerta está cerrada. Abre con una llave que tiene en el bolsillo y ve a dos chicas de cara conocida, sentadas, que parecen sorprendidas. El se les queda mirando mientras come su arroz con pollo y se pregunta qué pasará. De inmediato una de las chicas avanza a los trancos y le da un cross derecho que lo sienta en el piso. El arroz con pollo sale disparado en todas las direcciones y el plato se parte en pedazos. La otra chica viene por detrás y le pega un patadón en las pelotas que lo deja sin aire.

Cuando recupera la respiración, caído en el suelo, y termina de irse el infinito dolor de huevos, le vienen ganas de vomitar. No hay mal que por bien no venga. Corre al baño y larga todo lo que tiene, que parece bastante. Está transpirado. Se levanta un poco del inodoro, después de dos o tres volcadas, y nota que detrás de la cortina de la ducha hay un bulto dentro de la bañadera. Corre la cortina y ve a una chica que le resulta conocida, con mucha cara de puta, en convulsiones, temblando como alguien con Parkinson. Sobre su cara se desparrama algo que parece cocaína, y no para de temblar como si estuviera poseída. Él primero se ríe, pero luego entiende que no está bien que ocurra eso. Prueba la cocaína pegada en el cachete y está buena. Va a buscar a las otras chicas para avisarles, pero ya no están en la habitación. Entonces llama por teléfono a la policía para denunciar que hay una chica está pasada de cocaína en la bañadera de su casa... En la mitad del enunciado corta, porque tal vez no sea la mejor idea.

Así que como no sabe qué hacer por ella y se siente un poco débil después de vomitar tanto, la mete en una bolsa de consorcio, arrastra la bolsa por el pasillo y las escaleras hasta la puerta de calle, donde se amontonan las otras bolsas de basura; luego vuelve, se enjuaga la boca, agarra las llaves de su casa, y molesto por el olor a quemado que puebla el departamento y que no sabe de dónde viene, sale a tomar un poco de aire fresco, ya que el día está tan lindo y de paso puede almorzar algo por ahí.

jueves, 21 de agosto de 2008

Impresiones mesopotámicas







Esta vez una de fotos. Un pequeño viaje que hice con Rodri y Beltrán, dos amigos, a un campo en Entre Ríos. Como siempre, el lugar y la ocasión es la excusa. Espero que les gusten.

jueves, 7 de agosto de 2008

Un cuento que sería una delicia para un terapeuta

Un cuento que escribí hace unos años, lo encontré y me pareció... ¿cómo decirlo? Como para ir derecho al diván.


Programa de domingo

Mientras manejaba por la autopista, un sol que rajaba la tierra, tuve que insistirle a papá -sentado a mi lado- en que se quedara tranquilo, que mamá no volvía de viaje hasta el día siguiente. Y en cualquier caso, no jodas, no hay ningún problema en que estés acá conmigo. Me imaginé que de todas maneras lo recorría un hilo de incomodidad.
—Llegamos nomás —dije, frente al portón.
Había sido una hora de auto con un calor insoportable.
—Qué lindo está el día —dijo mi viejo, desabrochándose el cinturón de seguridad.
—Sí, y ya está preparada la pileta.
No podía esperar a meterme. Las gotas se me derramaban por el pecho. Papá se secó la frente con la mano y dejó ver un manchón oscuro en la remera. Me bajé del auto palpando en el bolsillo el manojo de llaves, en dirección al candado del portón. Nubes angostas, largas y paralelas se desplegaban contra el fondo celeste. Desde el portón vi el pasto perfectamente cortado, las huellas de la cortadora a lo largo del terreno, los jazmines florecidos. Un poco más allá descansaba el asador, apacible, custodiado por el pino y el jacarandá.

Miré el llavero, y por un segundo me taré. Miré bien otra vez y me di cuenta: una sensación de mierda. Cerré los ojos, asentí en silencio y volví hacia el auto sin saber qué cara poner. Entré en el Peugeot; me senté sin cerrar la puerta.
—Me traje otras llaves... —dije, apenas, y lo miré.
Papá parpadeó una sola vez.
—Mentira...
—Sí, sí, me traje otras llaves.
Hubo un silencio como de cinco segundos.
—¿Podés explicarme cómo hacés para ser tan pelotudo? ¡La puta que los parió! ¡Me querés decir!
Bajé la cabeza. Irritado conmigo mismo
Cinco segundos más.
—¿Qué hacemos ahora? —insistió.
—¿Y si saltamos? —pregunté.
Papá chistó.
—...lo que pasa —dije, pensando en voz alta—, es que también necesito las llaves para entrar en la casa...

Otro silencio fúnebre. Abrí los brazos sin saber qué hacer.
—¡Bueh! —dijo papá, evidentemente resignado—. Dale, volvamos.
—No, pará, dejame pensar.
—¿Y qué pensas hacer, eh? Ya está, ya pasó! —bufó y empezó a mordisquearse la uña apoyando el codo en el borde de la ventanilla. Negaba en silencio. Cuando mi viejo niega en silencio no quiero ni mirarlo. Es que... qué pelotudo.
—¡Esperá, esperá, ya está!
—¿Qué?
—¡Carlos!
—¿Qué? ¿Qué Carlos?

Carlos. El cuidador y arreglatutti de la quinta. Un cincuentón alto y recio, a pesar de los hombros caídos; uno de esos tipos de manos fuertes, curtidas por alambres y astillas. Pocas palabras y la mirada profunda. De esas que parecen esconder un secreto pero son de bondad, de una bondad casi incorruptible. A excepción, quizá, de cierta rudeza que de todos modos lo hace un hombre que transmite seguridad, fiel a las órdenes de mi madre, que le paga bien y lo trata como la gente.

—Carlos —le dije a papá— es el tipo que nos hace arreglos en la casa. Vive por acá, y tiene llaves.
—Bueno. ¿Sabés el teléfono?
—No. Pero lo tiene la tía Graciela.
Tomé el celular de papá. Llamé a la tía. Tras un saludo, y cómo anda tu papá que hace tanto que no lo veo, me fue dictando los números. Yo los repetía en voz alta y papá los anotaba en la palma de su mano.
—Bueno, ahora lo llamo a éste —dije—. Pasame el número.
Papá me alcanzó su mano. Marqué. Llamó dos veces. El tono era raro, no era el típico sonido. Se oía apagado, como lejos.
—Diga —atendió de pronto, grueso y seco.
—Qué tal, Carlos, habla Valentín, el hijo de María Vallese, de la quinta.
—Ah, qué tal, cómo te va, pibe.
—Bien, gracias. Mire, lo llamo porque tengo un problemita... Estoy en el portón de la quinta y acabo de darme cuenta de que me traje otras llaves.
—Ahá.
Continué:
—Necesitaría saber si hay alguna posibilidad de que usted me preste sus llaves, porque vine a pasar el día con mi papá y estoy acá y no sé qué hacer.
El hombre se tomó su tiempo para responder.
—¿Pero qué? ¿Estás solo, pibe?
—No. Ya le dije. Estoy con mi papá.
Otro silencio.
—¿Sabés lo que pasa, pibe? —me dijo—, que yo no tengo orden de tu mamá. Y si ella no me dice, no puedo abrir, ¿viste...? ¿Tu mamá no está para preguntarle?
—No, ese es el problema. Ella está de viaje. Es imposible llamarla.
Otra vez silencio. El hombre parecía incómodo. O raro.
—Mmh, y vos necesitás la llave...
—Sí, o al menos que me abra, Don Carlos. Lo que me importa es entrar, nomás. Es por hoy, ¿sabe?
—Pero tu mamá no me dice y a mí me resulta difícil, ¿viste?
—Lo entiendo. Está bien. Si no puede, está bien. Déjelo así.
Otro silencio largo. Empecé a sentirme molesto. Era mi propia quinta.
—Bueno, está bien —dijo de pronto—, quedate ahí que salgo para allá.
—No, quédese tranquilo que yo voy a buscarlo.
—Mirá, para caminar camino yo.
—No, no, lo que pasa es que tengo auto.
—Ah, bueh. ¿Sabés dónde es mi casa?
—No.
—De la ruta ocho, cuatro cuadras para adentro por Pardo. Santa Rosa 220.
—Anotá, papá —dije, girando la cabeza—. Santa Rosa 220. Perfecto, Don Carlos, nos vemos, hasta luego.

Arranqué el auto, di marcha atrás y pegué contra un poste.
—¡Dejá de hacer cagadas, pelotudo! —gritó mi viejo y dio un puñetazo a la guantera.
No me atreví a decir nada. Se bajó de golpe, fue a chequear el guardabarros. Yo fui atrás. Por suerte no era nada, ni un bollo siquiera. En silencio volvimos al auto. Le pregunté si prefería volverse, olvidarse del asunto de las llaves.
—Si querés nos volvemos —dije.
—¡Manejá, dale, manejá!
Arranqué otra vez, ahora con suavidad. Salimos para lo de Carlos. Quedaría como a veinte cuadras.
Papá iba sin hablarme.
Pero luego, con el correr de los minutos, vi que se ablandaba. No quería soltar prenda, así que decidí romper el hielo: me puse a contarle de la conversación con Carlos. Primero chistaba. Después contestaba con monosílabos. Después pareció que se relajaba. Y en algún momento me preguntó:
—¿Sabés por qué Carlos no te quería dar las llaves?
Tardé en contestarle.
—Y... ¿por seguridad?
—Sí. Pero eso no hace la diferencia.
—No entiendo.
—Digo, la cosa es que estabas conmigo. Y él no me conoce —hizo una pausa—. Ponete en su lugar: yo podría ser un hijo de puta que se te metió en el auto y te obligó a abrir la quinta. ¿Cómo se va a dar cuenta él de que no es así?
—Cierto...
—Es correcto el planteo del tipo. Fijate si no. Cuando vos le dijiste “está bien, deje nomás”, el tipo confió en que no te estaban obligando. O por lo menos es lo que parece. Pero vas a ver que ahora va a estar alerta.
Asentí con un gesto. No me convencía mucho, parecía un poco forzado.
Transitamos algunas calles arboladas, cruzamos una ruta interna, por el medio del pueblo, y continuamos por un camino de tierra. Notable, pensé, cómo cambia la escenografía. Era más evidente la pobreza. Vi chicos harapientos y descalzos, pateando el polvo. Vi un perro hinchado de tan muerto.
Santa Rosa 220: techo de chapa acanalada, verja de madera podrida, ventana cubierta con nylon. Desde la esquina, unos tipos de musculosa miraron el 306 con una atención inquietante.
Bajé y papá me siguió. Batí palmas.
Esperamos.
Nada.
Aplaudí otra vez. Esperamos, esperamos.

De pronto, por un hueco entre un pasillo y un árbol seco, apareció Carlos.
Venía lento, un tanto rígido y con la frente baja. Si la hipótesis de papá era correcta, sería interesante verificar la forma en que Carlos me iba a preguntar si yo estaba bien. Entonces yo le haría, por supuesto, un gesto afirmativo, para que se relaje.

Carlos se acercó y abrió el portón. Noté que echó dos miradas rápidas y celosas sobre cada uno, como estudiándonos. Papá estaba detrás de mí.
—¡Hola, Carlos! —lancé— ¿qué tal?
—Hola… —apenas se lo oyó.
Papá no decía nada.
En una mano, Carlos apretaba el manojo de llaves. En la otra, sostenía una pala. Una pala grande y algo oxidada. El hombre pasó la verja, la cerró. Y con la mano de las llaves se secó la frente.
—Disculpe si le interrumpimos el trabajo —dije, mientras le tendía la diestra.
Papá —casi provocativo— apenas saludó con la cabeza. Carlos lo miró fijo, y después respondió el saludo. En efecto, se lo veía desconfiado. Muy desconfiado. Yo empecé a esperar la señal infaltable, divertido. Me lo imaginaba a papá, también, desde atrás, con una media sonrisa, esperando la pregunta.
—No, no hay ningún problema —respondió Carlos—. Estoy cavando para la cloaca. Pero voy avanzando. Despacio. Y parando… porque tiene que ser profundo, ¿viste?
—Y sí, me imagino...
Papá se limitaba a observar. Todo me resultaba muy atractivo.
—Bueno, pibe, acá tenés las llaves.
Y en ese momento se me acercó, de manera que, según calculé, yo estaría tapando su cara de la vista de papá. Ahí, en ese mismo instante, fue cuando me levantó las cejas, un ancho de espadas perfecto. Un gesto casi imperceptible, veloz.
Pero yo entendí.

No me acuerdo otras veces en que un solo segundo me resultase tan intenso, tan eterno. Fue como si la muerte me hubiera suspendido en el aire, trasladándome a un momento paralelo. Lo cierto es que su cara estaba justo a cuarenta centímetros de la mía. Y en ese preciso segundo él parecía buscar saber si yo estaba bien. Con su toda violencia y su frialdad hechas carne en un mismo gesto. Con sus años y sus peleas encima.

Entonces pasó. No sé qué cara habré puesto, pero esbocé alguna palabra muda con los labios. Algo pareció encenderlo, y creí ver un brillo animal en sus ojos. Por un instante me asusté de verdad. Hasta que entendí que mi imaginación estaba forzando el momento.

Carlos terminó de darme las llaves. Yo giré hacia el auto y lo saludé volviéndome apenas. También lo saludó papá, de vuelta hacia el Peugeot.

Sólo la curiosidad me hizo darme vuelta un instante, alguna veta de adrenalina, de incertidumbre. Y en ese momento, en el segundo en que me di vuelta me quedé paralizado y atónito al ver a Carlos avanzando a los trancos con la pala cada vez más alta sobre la cabeza de papá. Fue un instante, y vi entonces la pala golpear de filo la nuca de papá. Lo vi caer. Vi a Carlos soltarla y echársele encima a romperle los huesos. Todo en un instante. Y yo congelado. Vi a papá recibiendo trompadas de un saque. En el estómago, en la cara. Y yo congelado. Vi a Carlos revisarle el pantalón para buscar algún dato, a papá inconsciente. Y yo paralizado. Lo vi encontrar la billetera y agarrar una tarjeta. Lo vi leer el nombre. Lo vi mirarme de golpe, con los ojos enardecidos.

Omnitum Resacchio

Un invierno, una plaza, una fuente de piedra.

las hojas secas,
acariciando la piel del agua
cubriendo el brillo -entrecortado-
de tu reflejo.

En el agua tu reflejo; un universo
atrás, que se repite
atrás el cielo, tus ojos y las hojas
profundidad
la fuente es un pasaje a otro universo.

¿Acaso en ese mundo
quepan mis labios
en tu cuello en tu pecho mis besos
en un abrazo de invierno
alrededor de tu cuerpo?

¿O es que los sueños son de agua tibia
y yo me hundo en la fantasía?

Mientras tanto, sigo mirando el reflejo,
la fuente la plaza el invierno
y tu silencio.

I.A.