Cruz del Eje
1
Llegábamos en el taxi apretados por los bolsos. La noche estaba pesada. La terminal de Retiro se abarrotaba de gente, como siempre. Desde el cuarto acceso caminamos hacia dentro, cargando el equipaje a desgano. Bruno me preguntó por los pasajes y yo señalé el bolsillo de la mochila. Miré el reloj: nueve y veinte.
—Estamos bien en tiempo —dije.
—Ahá... —Bruno levantaba la mirada— ¿Viste el cielo? Está pesadísimo, mirá los nubarrones. Yo esta noche no duermo...
—No jodas.
El hall era un ir y venir de gente haciendo demasiadas cosas al mismo tiempo. Resplandecían los carteles luminosos de los negocios, vendiendo a todo trapo. Por el altavoz se oía:
—Chevallier anuncia su arribo de General Rodríguez de las 21:15, por plataforma 44.
Bruno paró en el kiosco de diarios y se compró una revista. Luego me esperó con los bolsos entre las filas de asientos mientras yo iba a comprar agua mineral y algo para comer.
—La Veloz del Norte anuncia su partida de las 21:40 con destino a San Salvador de Jujuy, por plataforma 71.
—¿Compraste agua? —me preguntó cuando volví.
—Obviamente. No te creas que voy a probar esa poción inmunda que tienen por jugo.
Salimos a las dársenas, cargando otra vez con esfuerzo los bultos, más la bolsa con la comida. De repente, el cielo se iluminó y volvió a apagarse al instante. De inmediato sonó un trueno que me llegó a la nuca.
—Empresa Ablo anuncia su partida de la hora 21:45, rumbo a Cruz del Eje, por plataforma 67.
Caminamos las ocho plataformas que faltaban hasta el colectivo ya esperando. Dos pisos. Plateado y rojo con las letras negras. La gente se agolpaba contra el vehículo. El valijero acomodó los bolsos y nos quedamos cada uno con la mochila de mano, y con la bolsa del kiosco.
Me ubiqué del lado de la ventanilla y Bruno sobre el pasillo. Comprobamos la reclinación de los asientos y acomodamos las mochilas debajo. Respiré hondo. Ticket de equipaje, billetera, papeles. Todo bien. Nos dispusimos a comer. Bruno abrió la bolsa, sacó la botella y desenvolvió dos sánguches. Del otro lado del pasillo una viejita nos miraba con hambre o con curiosidad. Bruno le clavó la vista como para espantarla, pero ella no se inmutó.
Delante de él había un pelado que ya dormía, tapado con su campera. Delante de mí, un señor mayor. Su cabeza cuadrada, de incipientes canas invadiéndole el pelo negro, sobresalía notoriamente del respaldo. Estiré el cuello y con las cejas en alto miré hacia delante: dos filas de asientos verdes con fundas plateadas en los apoyacabezas, escapándose hacia el punto de fuga. Iba a ser un viaje largo. La gente subía. Una gorda —mejor dicho, un tanque de vestido azul con florcitas— se dirigía hacia el fondo, pero se trabó entre los asientos justo al lado de nosotros. Tenía olor a desodorante barato. Por suerte se zafó y logró avanzar. Nosotros masticábamos en silencio. Una parejita de chicos con acento cordobés pasaron para atrás riéndose entre ellos. Desde todas partes del micro llegaban diálogos discretos entremezclados, casi susurros. Al terminar de deglutir los sánguches abrí el mapa y pasé a mostrarle:
—¿Ves?, lo que te decía, el micro toma por esta ruta y sube a Villa María. Después va hasta Río Tercero y tipo siete de la mañana estaríamos en Córdoba —Bruno asentía—. Después agarra por un camino de montaña, cruza el valle, la zona de los Gigantes, y finalmente sube hasta Cruz del Eje. Y ahí, la terminal está a ocho cuadras de lo de mi tía.
—¿Y es grande el pueblo?
—Y, debe tener como ochenta mil habitantes.
El micro dio marcha atrás con suavidad. Por la ventanilla veíamos dejar atrás la terminal. La llovizna castigaba a la villa 31; repleto, el vehículo se movía lentamente con andar pacífico. El murmullo de la gente se volvía cada vez más sutil. Por allá adelante vi un par de diarios abiertos. Bruno observaba por la ventanilla, y de tanto en tanto volvía al mapa, plegado a la mitad sobre su falda.
—¿Estás contento, che? —le pregunté sacudiéndole el hombro.
Se me quedó mirando.
—Digo —insistí—, es la primera vez que te venís para allá.
No me dijo nada, pero me sonrió con ese gesto que tenía, esa media sonrisa de confirmación, mientras me palmeaba la rodilla. Miré contento hacia la ventanilla, de poder mostrarle después de tantos años mi lugar. Y de sentir que me daba una confianza que lo ponía, en cierta manera, a merced de mí. Y más sabiendo de su tema.
Algunas luces se apagaron y quedamos en un claroscuro. Entonces apareció la azafata, una morocha de pelo largo que nos ofreció bebida y mantas. Bruno acercó su cara y le susurró algo al oído. La morocha se rió, frunció la boca, y se negó con una sonrisa reprendedora. Nos alcanzó los vasos de gaseosa y siguió camino. Bruno me miró, y entendí que le había pedido el teléfono. Caraduras como él, pocos.
Ahora atravesábamos el empedrado del puerto. Las enormes grúas eran tenazas muertas.
El puerto entero era un cementerio.
Tapada con la manta roja de la empresa, la viejita de enfrente dormía con su cara vuelta hacia nosotros, brindándonos su mandíbula floja y abierta a pleno. Sentada a su lado, una chica de rasgos norteños mecía su bebé envuelto en una frazadita blanca. Bruno ahora miraba por el pasillo hacia delante.
—¿Viste? La pareja de allá adelante no para de discutir.
—Ja, sí, los oí. Qué par de desubicados.
Y nos quedamos en silencio.
El colectivo terminó de recorrer aeroparque y tomó la Lugones. El motor era apenas un silbido aplastado por el rugido constante del aire acondicionado. Bruno se agachó para revisar su mochila. Me pasó un auricular del ipod y puso a Miles Davis.
Flotando a través de las notas del solo de la trompeta, perdido en mi imaginación entre las sierras de Córdoba, fui entrando en la somnolencia. Todo estaba ya casi absolutamente negro. Los párpados se me fueron cerrando.
2
Me desperté. Oscuridad total; silencio. Ahí me ubiqué: cierto, el micro. Por la ventana vi que estábamos parados al costado de la ruta, sobre la banquina. Qué raro. Giré la cabeza para preguntarle a Bruno, pero su asiento estaba vacío. Miré alrededor, a los otros asientos: tampoco estaba la vieja, tampoco la chica del bebé. Me limpié los ojos y me levanté. El pelado no estaba, no había nadie en ningún asiento. Era obvio que el micro se había roto, pero no entendí por qué no me habían avisado.
Oí entonces un murmullo desde afuera. Tanteando en la penumbra caminé pasillo adelante. Desde la barandilla de la escalerita se veía la puerta abierta. Bajé escalón por escalón, despacio, el sueño me daba una torpeza notable. Cuando pisé el suelo el viento me congeló, sólo tenía puesta una camisa. Miré hacia todos lados, pero... no había nadie afuera. El silencio me estremeció. Corrí hasta la cabina. Nadie. Nadie tampoco.
—A la mierda —me dije—. Tranquilo. Qué pasa acá.
Di una vuelta entera al colectivo. Nada. Miré alrededor. Sólo viento, campo y oscuridad. Pude distinguir las siluetas de los árboles en medio del campo, negras sobre negro.
Grité. Hubo un eco muy distante, allá en el fondo. Grité otra vez. Silencio. El corazón se me aceleró tanto sentí los latidos en el pecho. Entonces saqué el teléfono celular del bolsillo pero no tenía señal. Evidentemente no había ningún pueblo cerca.
Miré el reloj: tres menos veinte de la madrugada, la mano me temblaba. Quién sabe cuánto tiempo había estado parado el micro. Estaba cagado de frío. Me acerqué a la puerta del depósito, mal cerrada; la deslicé hacia arriba. Estaba vacío, con excepción de mi bolso, ahí en el fondo.
Mirando por encima del hombro, me metí y busqué el bolso. Luego lo subí al micro y, apoyándolo sobre un asiento, saqué mi campera. Bajé otra vez. Hacia ambos lados de la ruta la negrura me hacía sentir más solo. La reputamadre. ¿A dónde carajo se fueron todos? Oteando intenté encontrar alguna luz, algún signo de vida en la ruta, en la oscuridad del campo. Era una situación que no me esperaba.
De pronto se me ocurrió ver si el colectivo tenía la llave puesta. Por suerte un peluche colgaba del llavero, listo para arrancar. En penumbra palpé para buscar una guantera, algo. Encontré una linterna y la encendí. Ya sobre el volante, puse la mano en la llave. El arranque tosió, se esforzó por funcionar, pero se dio por vencido a los pocos segundos. Otro intento. Y otro. Empezaba a entender. ¡Cómo podían haberse olvidado de mí! Y Bruno. Hijo de mil puta. ¿Cómo me iba a dejar así?
Traté de razonar: pensé en mi bolso abandonado en el depósito de equipaje; pensé en Bruno. No, no había manera de que pudieran haberme olvidado. La presencia de mi bolso era casi una provocación, una conciencia pura de que me estaban dejando. Pero aunque fuera a propósito, yo igual podría conseguir que alguien me llevase. Así que algo tenía que haberles pasado.
Aunque era una locura, tenía que hacer algo. Bajé de la cabina con la linterna y las
llaves de arranque. Subí a la parte trasera y por instinto busqué la .22 que usaba para tirarle a los loros. Revolví entre la ropa pero el arma no estaba. Obviamente, me la había olvidado en Buenos Aires; había hecho el bolso con tanto apuro que tenía que haberla dejado sobre el estante. Me paré sobre la banquina y miré hacia ambos costados de la ruta, tratando de guiarme por la intuición. Hacia la izquierda se vislumbraba apenas un resplandor. Me decidí por esa dirección. Sin cuidado y al trote crucé la ruta.
Pasé diez metros de pasto y atravesé el alambrado. Soplaba un frío glacial. Estaba sobre un campo de trigo. Surcos que se fundían en la distancia con una exactitud geométrica infinita y abismal. Las nubes eran colosales, oscuras. Corrí unos cuantos metros como un desquiciado a través del cultivo, como no queriendo reparar dónde estaba. Luego tuve que parar a recuperar el aire, y apoyado sobre las rodillas, miré hacia atrás. El micro era un pequeño rectángulo plateado. Continué alejándome, pero al trote. El horizonte mostraba a unos cuantos metros una extendida arboleda negra y el resplandor por detrás. Pude percibir en ese momento en las tripas el extenuante silencio del campo, la vastedad del país. Aunque estuviese en tierra de cultivo, me acechaba el miedo a toparme con algún animal despierto. El arado prolongaba sus líneas paralelas insoportables. Era como el camino hacia la nada. Era yo, perdido como una hormiga en una tierra sin límites. La arboleda se fue acercando, y la densidad amarillenta del resplandor se hizo más intensa.
Sentí un ruido y me paré en seco. Era un mugido. De pronto vislumbré otro alambrado y lo crucé. Ahora debía tener más cuidado. Otro mugido. No pude evitar frenarme otra vez para llorar. ¿Qué hacía corriendo perdido en medio de la nada? Quería estar en mi casa, tranquilo y fuera de esta situación horrible y ridícula. Pero no me animaba a dejar a mi amigo, ni podía controlar la incertidumbre de no saber dónde estaban los demás.
Al cabo de varios metros, el resplandor se hizo más poderoso. Quizás demasiado. Un sol que me recibía tras una gruesa franja de árboles lúgubres. Corriendo penetré en ella y avancé bajo el acecho de una telaraña de ramas y troncos. Corrí a más velocidad, la luz amarilla era como Dios esperando al final. Los ruidos de mis pasos haciendo chillar las hojas secas, más el sonido de mi agitación, se fundieron luego en un solo silencio aplastado bajo un creciente griterío. Frené de golpe, respirando como un desquiciado, para escuchar bien. Sí, eran gritos. El túnel de árboles desembocaba, veinte o treinta metros adelante, en un final cercano. Seguí corriendo y cuando empecé a distinguir unas formas sentí que tropezaba con algo; caí de frente y todo se apagó.
Cuando me desperté, seguía siendo de noche, pero el resplandor ya no estaba al final de la arboleda. Sentí un mareo mezclado con un fuerte dolor en la cara. Me toqué la cabeza; tenía sangre seca. Luego, por instinto, me di vuelta mirando hacia la ruta: el colectivo tampoco estaba más.
Me paré de golpe, incrédulo, y estuve así unos segundos hasta que empecé a correr hacia la ruta sin parar. Llegué: mi bolso ya no estaba sobre la banquina. Tratando de no dejar ganarme por la desesperación, caminé un par de kilómetros hacia el sur con el celular en la mano hasta que encontré señal. De inmediato marqué el número de Bruno. El llamado sonó cuatro larguísimas veces.
-¿Hola? –contestó una voz que no era la de Bruno. Me desconcertó y tardé en responder, tratando de contener la desesperación.
-Eh, hola, sí, quería hablar con Bruno.
-¿Qué Bruno? Me parece que te equivocaste de teléfono.
-¿Cómo que qué Bruno? –miré el celular y chequeé el número. Era el correcto.
-No, mirá, acá no hay ningún Bruno. Fijate si marcaste bien.
-¿Pero éste es el 1564643329?
-Sí, ese es el número, pero es mío, y no conozco ningún Bruno, flaco.
No pude contestar nada, sin saber qué pensar, y corté.
Me senté sobre la banquina, los ojos bien abiertos. Respiré hondo. El viento soplaba muy fuerte desde el sur, y al costado de la ruta, sobre el otro lado, los árboles, sacudiéndose, parecían las sombras de los árboles.
BASURA DUDOSA / DOUBTFUL GARBAGE
Hace 10 años